viernes, febrero 24, 2006

EI DÍA DE SAN VALENTÍN


Otra vez llegó el Día de San Valentín, con su cargamento de rosas rojas, tarjetas por correo tradicional y electrónico, cajas con forma de corazón llenas de chocolates rellenos de guindas, mentas y toffies. Si querés comer ese día en algún restaurante, hay que hacer reservaciones con un par de semanas de anticipación. Ni McDonalds' se salva de los llenos absolutos. Los bares y boites eligen sus mejores programas para esa noche y la visita de cantantes de renombre no se hacen esperar. Todo el mes de febrero está envuelto en tules rosados que emiten lucecitas de colores y sonidos de arpas... para los enamorados, muy enamorados.

Es interesante ver de qué manera se esperan los acontecimientos de esta fecha. Proliferan los "pequeños" regalos, aquellos que durarán lo que un enamoramiento de verano: una taza llena de chocolatines, un florero con minúsculas flores de seda, muñecos con ojos enormes y nostálgicos, osos de peluche casi siempre de mala calidad. Todos esllos cumplirán con el propósito de llegar a las manos de una dama ansiosa que piensa que, de no recibir alguna de estas "muestras", su media naranja no la quiere de verdad. Por supuesto que las dávidas tiene gradaciones y llegarán también los discos de cantantes románticos, ropas, perfumes y viajes a la Luna, todo con tal de agradar.

También ellos esperarán a que el motivo de su ansiedad amorosa esté preparada para celebrar. Y algun@s habrá que correrán de un lugar al otro cumpliendo con el mismo ritual en dos ocasiones... si me explico.

Los hay que no saldrán a "celebrar" fuera de su casa, sino que se esforzarán por preparar dentro el ambiente favorable para una celebración especial. Tal vez incluyan aromáticos inciensos, flores frescas y naturales en los jarrones, luces tenues, música suave y romántica... Y, por supuesto, una suculenta y deliciosa cena acompañada de espiritosas bebidas, por aquello de que a los hombres también se les conquista por el estómago.

Muchos románticos aprovecharán la fecha para tomar decisiones importantes. Se esforzarán para EL MOMENTO, darán el paso y entregarán el anillo de compromiso. Hay que aprovechar la ola, así que todo el ambiente influyente probablemente abonará el terreno para que la semilla germine.

San Valentín, allá arriba, sentadito en su nube lila, cantando melodías dulces y lanzando pétalos de rosas, sonreirá pensando que, por esta sola vez en el año, los humanos consumistas tratan, en la medida de lo posible, de agradar y dar felicidad -de esta manera extraña- a sus parejas. Los que no caen en ese juego ni se dejan convencer por la publicidad atronadora, seguirán amando en silencio...

Así como existen los que aman de otra manera, profunda y libremente y que entonan, como en un himno, las frases de Joaquín Sabina: ...lo que yo quiero / es que mueras por mí / Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan nunca mueren.

sábado, febrero 11, 2006

CUANDO UN AMIGO SE VA...


El mundo está lleno de conflictos. Esta semana encontré un par de buenos temas para desarrollar y ya tenía en mente el bosquejo de lo que escribiría. Temas candentes, temas que "venden". Pero como nadie es dueño de nada, mucho menos del destino, esta mañana recibí una llamada de mi querido amigo de siempre, "Caluco", que me avisaba de la partida definitiva del "Chimpa".

Se detuvo el tiempo, mi mente quedó en blanco, veía sin ver, tocaba sin saber en dónde detener las manos. La noticia pegó en mi cerebro y quedó rebotando de un recuerdo a otro, por los treinta y seis años de amistad profunda, de respeto mutuo, de asombros y admiración reverente por la sabiduría de René.

Lo conocí cuando empecé a trabajar, apenas de 17 años, en el antiguo Banco de Londres y Montreal, ahora desaparecido. Era el encargado del "departamento" de Relaciones Públicas, con apenas dos personas: él y su secretaria. Siempre fue motivo de bromas este hecho.

En aquellos años, el sindicalismo se vivía de otra manera. Era la época de la dictadura militar en Guatemala, así que los movimientos sociales tenían un impulso fuerte desde adentro del corazón. René había sido fundador del sindicato en el Banco y conocía muy bien de qué manera se manejaban las cosas, tanto de un lado como del otro. Con los años, cuando tuve la suerte de compartir con él la experiencia de una negociación de pacto colectivo -ambos por el sindicato-, pude comprobar que su mesura y equilibrio superaba nuestro entusiasmo juvenil; durante mi tiempo en el sindicalismo, él fue guía, consejero y amigo verdadero. "No hay que matar a la gallina de los huevos de oro", nos decía. Y tenía mucha razón. Los logros que obtuvimos estuvieron coronados por el gana-gana y ambas partes trabajamos con ahínco por conseguirlo.

A pesar de que los dos dejamos de trabajar en el Banco -él se jubiló y yo me fui a vivir al Uruguay- mantuvimos contacto fuera de allí. En nuestro pequeño grupo de amigos de toda la vida, su presencia era reclamada con fervor. Poseedor de un fabuloso sentido del humor, salpicaba nuestras tertulias con anécdotas que, contadas miles de veces, siempre arrancaban carcajadas sanas y eufóricas como la primera vez.

Mi aprendizaje de vida está lleno de sus palabras. Tenía una opinión valiosa y bien fundamentada para compartir en cada ocasión, desde la más simple hasta la más complicada. No sabía ser egoísta.

El "Chimpa", nuestro querido amigo, era un archivo impresionante de recuerdos. Le tocó vivir momentos importantes de la historia del país y sus relatos oportunos y vivaces fueron semilla y motivo de reflexión. Siempre recordaré su famoso: "Mi medida es cinco" y en todas las tertulias compartidas, jamás lo vi tomarse más de cinco tragos; mantuvo su estilo por los 80 años que vivió y nunca lo vi dar espectáculos desagradables o perder la compostura.

Fue un caballero en todo el sentido de la palabra. Su sinceridad y franqueza eran reconocidas, pero hasta el día de hoy, no he conocido a nadie que se haya sentido irrespetado o violentado por René. Y ese fue su mejor instrumento para lograr que la melodía de su vida siempre sonara bien.

Y hoy, esta mazorca se ha empezado a desgranar... Chimpa, hasta la vista.

LA VERDAD ABSOLUTAMENTE NO ABSOLUTA


Las enormes diferencias entre las culturas orientales y occidentales han sido siempre un motivo de asombro para mí. Desde mi descubrimiento infantil de los chinos (que lo mismo podrían haber sido japoneses, coreanos o filipinos) a través de aquella serie de los 50's, Charlie Chan Detective, hasta mi absoluta entrega a la filosofía hinduista en mis veintes, cada pensamiento, cada acción, cada reflexión abrieron más mis ojos y mi mente y me permitieron soltar amarras desde el catolicismo hasta el saibabismo al final.

Ha sido una jornada de muchos lustros, en los que el aprendizaje sólo me ha dejado la certeza de que hay todavía mucho por andar y aprender; que seguramente esta vida no me alcanzará para poder atisbar en los conocimientos milenarios de otras culturas.

Sin embargo, nunca tuve la curiosidad de conocer al Islam, sino hasta hace poco más de un año en que una amiga querida radicada en Barcelona, puso el dedo en la llaga. Tememos lo que desconocemos y creo que la mayoría de nosotros no sabemos mucho acerca de él. Ni de la religión, ni la cultura, ni de los muchos pueblos que viven intensamente esa fe, tanto o más que los cristianos lo han hecho a través de los siglos.

La poca información que tengo acerca de los musulmanes, por ejemplo, es muy negativa.... y enlatada. Una corriente, una cultura, una religión en la que la mujer no tiene voz ni voto, en la que hasta el libre ejercicio de su sexualidad le es negada, en la que no es fácil vivir como profesional o trabajadora fuera del hogar. Y así, limitaciones que para muchas mujeres occidentales son totalmente irracionales o imposibles de aceptar pero que ellas, fieles al Islam, aceptan como buenas, como normales, como convenientes a su espíritu.

Me pregunto si tenemos el derecho de violentar su moralidad y "enseñarles" a vivir como lo hacemos nosotras, violando leyes y reglas de sus ancestros; yendo en contra de sus mandamientos y conceptos, aunque para nosotros sean aberrantes o insólitos.

Es lo mismo con lo que para unos es pecado y para otros no. De la misma manera en que no me gustaría que ellos me obligaran a vivir en su fe, con sus costumbres o bajo sus normas, asumo que ellos no desean que los occidentales los obliguemos a cambiar sus tradiciones, a romper sus preceptos y cambiar sus creencias.

Siento que, por más que estén viviendo cientos de años atrasados con respecto a Occidente y deban madurar como pueblo, ver la vida desde otra óptica y encontrar el desarrollo individual y general, no será hoy y mucho menos si se pretende forzarlos a cambiar. Eso es y seguirá siendo contraproducente.

Nada nos disgusta más, como seres humanos, que el que nos obliguen -o pretendan hacerlo- a dejar nuestras raíces. Nos aferraremos más y más a ellas, con rabia, dolor, desesperación... y mucho amor.

Por supuesto, esto no implica que debamos aceptar ser nosotros mismos invadidos o atropellados por el fundamentalismo más rabioso que hayamos podido ver en la actualidad (aunque comparado con la Inquisición Católica podría salir bien parado). Es una cuestión de respeto al derecho ajeno, hecho que engendra paz, como dijo Benito Juárez. Y no será fácil que tanto los fundamentalistas occidentales como los del mundo islamita acepten vivir en paz, simultáneamente, en este maravilloso mundo que nos fue dado para disfrutar de él y respetarlo.

Cada facción tiene su propia óptica de las circunstancias. Cada lado, su propia verdad. Y cada bando jura que la suya, es la absoluta. ¡Qué pretenciosos!

domingo, enero 29, 2006

LA VITRINA


La carretera tortuosa, aunque con el pavimento en muy buen estado, nos llevaba hacia el sur. La temperatura agradable, en realidad fresca para encontrarnos cercanas a la costa, ni siquiera nos obligó a poner el aire acondicionado en el vehículo. Con abrir las ventanillas fue suficiente.

Nos retrasó un poco el tráfico de camiones y carretones que transportan caña de azúcar hacia los ingenios del sector, pues es la temporada de zafra y producción de azúcar. En el ambiente se siente el aroma de la caña cortada, de la ya fermentada o, pasando cerca de los ingenios, de la melaza. Para los que conocimos esos aromas desde niños, son una fuente inagotable de imágenes y recuerdos.

Faltando unos 10 kilómetros para llegar, el teléfono celular me llevó la voz del tío Paco. Muy ansioso preguntaba en qué lugar estábamos "exactamente". Le dije un par de nombres de lugares por los que estábamos pasando y él se apresuró a dar instrucciones para que abrieran el portón de la casa antañona enclavada en el centro. Salimos a las 8:00 de la mañana de la ciudad y tal como habíamos calculado, a las 11:00 estábamos entrando a Coatepeque.

Al entrar al jardín, me apabulló la frondosidad de las múltiples plantas y flores. Enormes arbustos de flores de pascua, como un estallido de color rojo, salían por encima de los arriates hacia el lado derecho. Los crotos, en muchas variedades, pringaban de rojo, verde, amarillo y naranja todos los rincones. Al fondo, dos árboles de aguacate cargados de frutos, dan sombra al gallinero en donde el tío cría gallos y gallinas de raza y hace cruzas maravillosas que le reportan alegrías y ganancias. Con desprecio, él echa una mirada de soslayo al rincón en donde vive el pato de la tía Ruth, sobreviviente eterno del lugar.

La enorme pila de cemento pintado de rojo y verde hace mil vidas, refleja al sol en su superficie tranquila y una planta de "mano de león" trepa por los parales del cobertizo que la cubre, evitando que cuando llueve -muy frecuentemente en el lugar- te mojés mientras lavás.

Al lado derecho se alza la enorme casa de madera, de dos pisos, que en alguna época fuera un pequeño hospedaje y que ahora sólo observa el paso de los años. En el primer nivel, con un brillante y siempre limpio piso de color rojo, los sillones y sillas esperan el momento de la charla intrascendente o en las profundas consideraciones filosóficas o políticas que se dan lugar en la casa. Ya nos aguardaban vasos de cerveza helada, aceitunas y manías para acompañar el encuentro ansiado.

Después de los abrazos, las preguntas de rigor y las respuestas entre risas, ojos llorosos y, ¡vaya!, alegría de la mejor, dejamos nuestro equipaje en el fresco dormitorio de piso de madera, para instalarnos en el enorme corredor entre plantas, cuadros de lugares lejanos y nunca visitados, la bulla del tránsito desde la calle... Allí pasamos un buen rato, hasta que llegó el momento de compartir el almuerzo servido en el comedor con aroma a madera antigua, a frutas, a comida casera.

En algún momento de nuestra rápida visita, mientras conversaba con el tío Paco, me acerqué a la pequeña vitrina en su dormitorio. Como lo he hecho siempre, desde niña, me acerqué a ella y dejé que mis ojos -y mis recuerdos- volvieran a posarse en las pequeñas figuras dispuestas con un orden que nunca cambia: en el lado derecho del primer tramo, los soldados romanos marchan con sus bellos estandartes en alto; en el lado izquierdo, una batalla de la Guerra de Secesión norteamericana se reproduce cuidadosamente y pueden verse soldados tumbados sobre el piso mientras disparan a la distancia, otros que están cayendo eternamente heridos por una bala o aquellos que cabalgan con el sable en alto para encontrar al enemigo.

En el tramo de abajo están mis favoritos: un poblado de indios sioux en el que algunas mujeres cocinan mientras otras llevan a sus bebés a la espalda o lavan la ropa en la orilla del río; ellos, pintados para la guerra, llevan en las manos arcos y flechas, algunos con hachas o cuchillos afilados o montados en sus maravillosos caballos gritan fuerte y atacan a los soldados de uniforme azul con brillantes botones dorados, que van hacia su encuentro en una perfecta formación de la caballería.

En ese momento, después de pasar unos minutos -o muchos años- recreando con la mirada aquellas vidas de siempre, su amorosa voz me trajo de vuelta para contarme una anécdota graciosa que, como siempre, provocó en mí una cascada de alegría que subió a borbotones desde el centro de mi alma hasta mis labios.

El final de la visita llegó, porque no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla. Y volvimos a la ciudad cargadas de nostalgia y alegría, mientras allá, en Coatepeque, resonaban en el corredor los sonidos llegados desde nuestro encuentro.

EL ALDABÓN


Atravesó la calle con paso enérgico y rápido, sorteando los últimos autos que aceleraron ante la luz del semáforo que cambiaba de verde a amarillo. Uno de ellos pasó muy cerca de la orilla de la acera y sus llantas levantaron una cortina de agua sucia que ella evadió con un salto, cayendo casi de bruces sobre la banca de piedra del parque.

Se recompuso, alisó el frente de su gabardina color almendra y subió los ojos para ver el reloj digital de la cornisa del edificio de seguros. Marcaba las 7:17. Debía darse prisa si quería llegar antes de que el reloj de la oficina diera las 8:00 y todavía le faltaba caminar algunas cuadras.

Sintió debajo del brazo la cartera, que apretaba bajo la axila en su afán de mantenerla a salvo de los asaltantes que merodeaban por allí y sus ojos se abrieron todavía más, alertas, tratando de descubrir en los rostros serios con los que se cruzaba, la intención mal guardada de quitarle lo poco que llevaba dentro de la billetera.

A pesar del frío y la lluvia, su rostro estaba ardiendo. Ajustó nuevamente las solapas sobre el pecho y continuó caminando con celeridad.

Después de 20 minutos de caminata, logró ver la esquina en donde está la oficina en la que trabajaba. Llegaría a tiempo, lo sabía. Diariamente había contado los segundos que habían entre ese punto -con la vista de las altas paredes grises- hasta la enorme puerta de madera oscura, bellamente trabajada, con aquel aldabón de bronce muy pulido con forma de fauces de león... ¿o era un tigre?

Sin disminuir la velocidad o aflojar el paso, llegó al frente del edificio y sintió otra vez aquel miedo que le mordía el vientre. Tendría que llegar allí, de nuevo y acercar la mano hasta la puerta. Recordó la sensación que había tenido la primera vez que tocó la puerta con el enorme aldabón; la misma que le había acompañado cada día de los nueve años que tenía de trabajar allí.

A pesar de este miedo irracional, antes de atravesar la calle y dirigirse a la puerta, se sintió casi a salvo... Entonces entrecerró los ojos y disminuyó la atención a su entorno. Aminoró el paso, respiró profundo y dio el primer paso para bajar de la acera y atravesar la calle. En ese momento lo vio venir hacia ella.

Decidido, con una mezcla de desprecio y odio en los ojos pero con una chispa de pena en el fondo, la piel pálida y el cabello negro ensortijado saliéndose por debajo del gorro de lana, llevaba las manos dentro de los bolsillos de la vieja chumpa de cuero negro, que lo hacía parecer más bajo y gordo de lo que en realidad era. Vino directamente hacia Renata y cuando estaba a un par de pasos de distancia, justo en el medio de la calle y mientras ella veía y alternadamente a la puerta y a él, Leonel sacó de los bolsillos las manos: colocó rápidamente la izquierda en la nuca de Renata, mientras con la derecha le hundía el verduguillo en su miedoso vientre.

Ella alcanzó a mirarlo a los ojos amarillos con el aire felino que toda la vida temió. Y mientras tanto, con la mirada le preguntaba las muchas cosas que siempre quiso saber acerca de ese último momento, recordó al aldabón con figura de león -¿o era tigre?- que la veía desde la enorme puerta que no alcanzó a cruzar.

ESTÁ CAMBIANDO


Entre sueños, esta madrugada, luchando entre continuar soñando o despertar, escuché el sonido peculiar de las gotas de lluvia cayendo sobre los vidrios del domo que cubre el pequeño patio interior cercano a mi habitación... y sin mayores complicaciones ni cargos de conciencia, di la vuelta y continué durmiendo, a pesar de que todos los sábados me levanto antes de las siete de la mañana para ir al mercado a hacer las compras semanales de legumbres y verduras.

En plena temporada seca -se supone, de noviembre a mayo- hemos tenido tantos días lluviosos como en la lluviosa, valga la redundancia.

Los árboles que normalmente florecen en este periodo -jacarandas, madrecacao, matilisguates...- pareciera que están totalmente desubicados y no saben qué comportamiento adoptar, pues la supuesta temporada seca brilla por su ausencia.

Sin embargo, el color está haciéndose presente a pesar de todo. Por encima de los paredones aparecen las cascadas de buganvilias amarillas, magentas, rojas, moradas, blancas... Alguna que otra jacaranda, a pesar de encontrarse descontrolada, se ha arriesgado para dejarse ver, muy tímidamente, entre las copas de los árboles perennes, como los cipreses y los pinos. Y en la jardinera de casa, han vuelto a aparecer las extrañas flores de las que no conozco el nombre y que me gustan tanto, con su peculiar forma de dragones amarillos con orillas rojas.

El clima está cambiando. Y aunque no conozco mucho sobre este tema a nivel científico, sí puedo decir que hay una enorme diferencia entre los días de mi niñez y los que ahora vivimos. Pareciera que las estaciones se han corrido en el almanaque.

Ahora podemos encontrar flores durante todo el año, comer frutas "de estación" fuera de ellas y es casi obligatorio mantener un paraguas dentro del automóvil para que los aguaceros no nos tomen por sorpresa.

Sin embargo, este planeta sigue siendo un extraordinario y maravilloso sitio para vivir. ¿Cuál otro puede ser mejor que éste?

lunes, enero 09, 2006


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EL ROMPECABEZAS

La adversidad ha estado presente en la historia de la humanidad. Enfrentarla y vencerla ha hecho fuerte a nuestra especie y nos ha permitido llegar a donde estamos. Por supuesto, no todos los humanos que habitamos el planeta tenemos el mismo nivel de vida; no todos tenemos las mismas oportunidades ni padecemos las mismas penurias.

Cada vida es diferente y nuestra actitud para enfrentar lo que nos toca vivir es realmente lo que nos hace llegar o no a concretar nuestras metas. Nuestros sueños de niños, nuestras ilusiones de adolescentes, nuestros anhelos de seres adultos, todos ellos, pueden ser realidad si mantenemos en nuestra mente clara la idea de lo que deseamos alcanzar; si nuestro esfuerzo diario es enfocado para vencer obstáculos y cristalizar nuestros proyectos.

El mismo hecho, tocando las vidas de varias personas, repercutirá de manera diferente en cada una de ellas y será procesado de muy distinta manera. Lo que para una puede significar un reto, para otra puede ser el final de su existencia, pues se entregará resignadamente al fracaso. Un fracaso que no es otra cosa que el negarse a actuar, no responsabilizarse por el resultado de nuestras escogencias y culpar a los demás -al clima, a la política, a los ángeles o demonios- de lo que nos pasa o deja de pasar.

Mantener la vista fija en el horizonte en el que deseamos ver salir el sol, levantarnos animosamente cada mañana para hacer bien nuestro trabajo -sea éste el que sea y en donde esté- y dar a los demás y a nosotros mismos una segunda oportunidad, ayuda a que nuestra lucha diaria sea menos dura.

Es verdad que la vida no es fácil. Pero no será tan difícil transcurrir en ella si el positivismo nos hace seres optimistas, si utilizamos las cosas lindas para transformar nuestras lágrimas de autocompasión en energía para salir adelante.

Los ojos de nuestros hijos, la piel de nuestra pareja, las canas de nuestros padres, la risa de nuestros amigos, cada uno de ellos en su momento y lugar, forman el rompecabezas de nuestras vidas y somos nosotros los que unimos las piezas para completar la imagen final. De qué manera lo hagamos será lo que defina si éste será un maravilloso atardecer o la noche más oscura.

Les deseo un maravilloso año, lleno de prosperidad y éxitos y mucha salud para disfrutar de ellos.

domingo, diciembre 18, 2005

UN RECUERDO IMBORRABLE


Debo haber tenido unos cinco o seis años y estaba atravesando por un ataque de asma muy severo. A pesar de que afuera estaba haciendo mucho frío, estaba sudando y sentía mucho calor. La dificultad para respirar y el aire entrando apenas en mis pulmones producían un pitillo agudo que me asustaba porque significaba que tendría que luchar por mantener el ritmo de respiración, entre la tos y la congestión pulmonar que me provocaba altas fiebres.

Recuerdo claramente que pensaba esa noche que papá me había dicho, unas semanas antes, que Santa Claus me traería una hermosa muñeca bailarina que usaba un vestido con blusa de terciopelo negro y amplia falda de encaje rosado, zapatillas de raso rosadas también, además de medias blancas y ropa interior de encaje blanco. Su cabello dorado estaba recogido en un moño en la nuca, rodeado por una delicada redecilla de finos hilos negros que remataba en un listón rosado y sus enormes ojos azules con largas pestañas negras, se cerraban al acostarla. En el cuello llevaba una gargantilla de terciopelo negro, con una pequeña flor en el centro. Era "mi" muñeca, ¡la que había soñado por tanto tiempo! La ansiedad me quemaba, además de la fiebre, aquella Noche Buena.

Durmiendo a ratos, despertando sobresaltada y temblorosa a consecuencia de los medicamentos que tomaba para contrarrestar la fatiga producida por la dificultad para respirar, en un momento escuché las voces de mis familiares desde la sala, en el primer piso de la casona de mi abuela. Tenía deseos de bajar y estar con ellos, para esperar las 12 de la noche, hora en la que, seguramente, Santa Claus dejaría mi preciosa muñeca debajo del árbol; pero no podía bajar, tenía terminantemente prohibido abandonar la cama.

En una de esas muchas ocasiones en que abrí los ojos en la soledad de mi habitación, descubrí una imagen borrosa que estaba allí, sentada en una silla cercana a mi cabecera. Se trataba de un niño de poco más de 10 años, que recién había llegado del interior cuando un tío abuelo lo adoptó. Al verlo pareció tan asustado como yo, pero luego su presencia firme y atenta me transmitió tranquilidad. Me acercó un plato con la cena navideña que, por supuesto, no quise comer. Entonces desapareció de la habitación para volver a los pocos minutos acompañado de mis padres, quienes me contaron cómo había llegado Santa Claus a la casa para dejar mi hermosa bailarina, que fue depositada en mis brazos débiles por la fiebre. Mis padres me besaron y dejaron a Ángel -que así se llamaba aquel niño- haciéndom compañía mientras los dos devorábamos nuestras cenas.

Estas imágenes son las que primero acuden a mi mente cuando pienso en las navidades idas: estoy enferma y soy cuidada por un niño apenas mayor que yo, que fue atento, cortés y solidario. Y mi anhelo infantil hecho realidad a través del amor de mis padres.

¿Qué mejores mensajes puedo tener desde mi infancia?

Deseo que tengan todos ustedes una muy feliz Navidad, a pesar de las inconveniencias y obstáculos que la vida pueda presentarles. Que las experiencias valiosas sean las que perduren en sus corazones y en sus recuerdos.

LLEGANDO... LLEGASTE


En esta ciudad de 3 millones de habitantes, con una multiculturalidad (como gustan ahora decir los sociólogos guatemaltecos) asombrosa, en donde sufrimos el azote de la delincuencia juvenil organizada ahora llamada "maras"; en donde el narcotráfico tiene copados algunos barrios a donde no se va ni soñando; con la corrupción política en su más alto nivel histórico... también tenemos cosas lindas.

Hay fechas que nos unen, que nos animan, que nos transforman el pensamiento. Que hacen que nuestro cielo azul celeste nos parezca mucho más intenso, que el viento que atraviesa el valle colándose entre las montañas nos parezca más limpio y fresco, que nos hacen disfrutar de la vida, de los amigos, de la familia. Claro, como en todas las sociedades del mundo.

Pero sin temor a equivocarme, digo que cuando se aproxima el fin de año nuestras mentes predispuestas se rinden a su encanto y, así, como atados de pies y manos, nos dejamos llevar por la emoción que empieza en noviembre, cuando llegan los vientos fríos del norte y los campos se tiñen de amarillo por las "flores de Muerto", llamadas así porque para el Día de los Muertos son las que mayormente adornan las tumbas. Ese airecito frío, que te agarra desprevenida y te "tuesta" los labios, te pone el cabello liso y te resfría si no te cuidás, es el preámbulo a la temporada que está grabada en fuego en el recuerdo de muchas generaciones chapinas. Las vacaciones del fin de curso escolar coinciden con el fin de año, así que es muy normal ver las "palomillas" de patojas y patojos jugando en las calles o en los parques barriales, saliendo a la calle a volar barriletes, pasando el rato en los centros comerciales, tomándose una gaseosa en las refresquerías o yendo al cine por la tarde para estar de vuelta en sus casas al anochecer. La actividad dependerá de la edad de los niños.

Acá la vida empieza temprano, se aprovechan las mañanas y el tiempo "abunda". De tal manera que los comercios abren, en su mayoría, desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche sin cerrar a medio día. Pero a fin de año se vuelan los horarios y es muy normal que los centros comerciales trabajen 14 horas continuas. Cuando los días se acercan a la Navidad, algunas cadenas de supermercados y tiendas por departamentos se mantienen abiertos hasta 24 horas. Sí, claro, a tal extremo llega el consumismo en estas fechas, que hay público para toda hora. Para los trabajadores de estos negocios es una manera de incrementar su ingreso para ayudarse con los gastos lógicos de las celebraciones.

Sin embargo, lo mejor de todo es de qué manera la ciudad se maquilla para las fiestas. Aparecen los adornos navideños en rojo y verde que decoran las avenidas más importantes durante el día y se iluminan con cientos de "foquitos" durante la noche, haciendo túneles de luces de colores y formas variadas que entusiasman al más frío de corazón.

Los árboles navideños se yerguen con vestidos nuevos, coloridos todos. Uno alto de 15 metros, que una marca de cerveza importante de este país patrocina, se levanta en uno de los cruces más transitados del sur de la ciudad y sirve de imán para que miles de chapines lo visiten durante los fines de semana, en que también se hacen conciertos al aire libre, actividades para los niños y se pueden compartir deliciosos antojos típicos muy consumidos en cualquier lugar del país.

La temporada de fin de año es preciosa. Independientemente de si se celebra la fecha cristiana o no, el ambiente sensibiliza a la mayoría y nos convierte en seres de buena voluntad. Nos hace llegar al umbral de lo que, probablemente, sea el paraíso.

sábado, noviembre 19, 2005

6 X 8... Y NO ES MULTIPLICACIÓN


El domingo pasado, en un hotel ubicado en las afueras de la ciudad, se presentaron dos excepcionales conjuntos de marimba, ambos de mucha calidad interpretativa. Tal y como se ha hecho tradición en este programa desde hace algunos años, al iniciarse el concierto con las notas dulces y nostálgicas del son San Bartolo, el maestro de ceremonias interpreta el poema "La Marimba", de Rudy Solares Gálvez, que en su primer verso, dice:

Cimbra marimba, tu canto
Melodías de cristal,
Y tiembla la cordillera
Cuando clama tu madera
De sonoro instrumental.

Quienes han escuchado en vivo la interpretación de una marimba, saben que las notas arrancadas por las delgadas y finas baquetas al teclado "pícolo", son cristalinas y alegres; mientras que las que surgen de los bajos, son profundas y sonoras. La mezcla de ambos sonidos hacen vibrar a los guatemaltecos, sobre todo aquellos que -como a cualquier otro ser humano le sucede con los recuerdos de su oriundez- han estado lejos del terruño y escuchan marimba en el exilio.

Continúa Solares Gálvez cantándole a la marimba:

Me han dicho que te labraron
En lejanos astilleros;
Que extrañas manos tallaron
Tu linaje, en los linderos
De Honduras o Yucatán;

Pero no, eso es mentira,
Ni eres hija de Lempira
Ni gloria de Yucatán.
Tu numen es de mi tierra,
Raíz maya, voz mengala,
Hormigo de Guatemala,
Que sembró Tecun Umán.

El origen de la marimba
El historiador Celso Lara, director del Centro de Estudios Folclóricos de la Universidad de San Carlos en Guatemala, dice: "la marimba proviene de Indochina, se desarrolla en África y de allí viene a Guatemala a través de los esclavos negros que son traídos a América, a partir de 1595. Aunque no hay pruebas etnológicas ni arqueológicas de si existía la marimba en el mundo maya, sí había instrumentos que se asocian, como la chirimía".

http://www.tilingolingo.com/marim4-s.htm

Víctor Wotzbelí Aguilar, nacido en Huehuetenango en 1897, se trasladadó con su familia a Quetzaltenango, en donde hizo estudios musicales con los maestros Manuel Sandoval y Jesús Castillo, éste último autor de extraordinarias obras clásicas musicales para ser interpretadas con marimba.

Dice J. Eduardo Tánchez en "La Música en Guatemala, Algunos Músicos y Compositores", que Wotzbelí Aguilar gustaba de transformar el aire del son guatemalteco -triste y cadencioso- en "un movimiento rápido con acompañamiento similar al de la marcha escrita en compás de 6/8", siendo considerado "el compositor de música ligera que más ha penetrado en la conciencia del pueblo guatemalteco, por su estilo específico del uso del compás de seis octavos (comúnmente llamado seis por ocho), ya que en él parece estar cristalizado el espíritu del nativo fusionado con el conquistador". Este ritmo tiene características del son chapín, con acompañamiento rítmico y adaptaciones tonales de la música europea de aquella época, pero continúa siendo disfrutado en muchos eventos sociales actuales.

En este marco fue que participamos de esta fiesta musical guatemalteca. Terminada la primera parte fue servido el almuerzo con platillos típicos del occidente del país, para culminar la tarde con interpretaciones bailables que hicieron que todos los asistentes, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nos levantáramos de nuestras sillas para deslizarnos por el entarimado de madera al compás de nuestro 6 X 8.

Pude admirar a personas de la tercera edad -y de la cuarta, como dice un viejo y querido amigo de la familia- buscando las manos de hijos e hijas, de parejas o nietos, para disfrutar intensamente del momento. Y a falta de hombres, muchas fueron las mujeres que acompañaron a sus madres, hermanas o amigas en esta danza maravillosa llena de añoranzas y recuerdos, pero también de aliento y esperanza por el futuro de nuestro país. Es así. Es más fuerte que nosotros. Es algo tan vital como el ritmo de nuestra sangre, como la cadencia de nuestros pensamientos. El 6 X 8 es la expresión viva de nuestra guatemalidad, de nuestra identidad.

lunes, noviembre 14, 2005

De vacaciones


En esta temporada del año, las vacaciones de fin de curso se hacen presentes en Guatemala. Junto con el final de la temporada lluviosa, llegan los "exámenes finales" escolares, que en esta nueva era no producen el terror que sentíamos en nuestros años de estudiantes, antes de que llegaran los punteos conformados por zona ganada durante todo el año lectivo, esto es, el porcentaje que representa el esfuerzo efectuado por los alumnos durante todo el año, dividiendo el punteo entre los trabajos en clase, las tareas para la casa y los resultados de las evaluaciones mensuales.

Los barriletes aparecen en el cielo gris guatemalteco que empieza a abrirse cuando el viento norte empuja las nubes con timidez en los primeros días de noviembre. También se pueden admirar los más bellos celajes cuando el sol se oculta. La temperatura empieza el descenso, los días se vuelven radiantes y las calles se llenan de niñas y niños corriendo, montando bicicleta, patinando, jugando fútbol...

Recuerdo claramente cuando nosotras llegábamos felices a las vacaciones. Nos reuníamos con amigas y amigos de la colonia en la que vivíamos, para compartir las actividades que íbamos inventando día a día. Desde las carreras en carretas de cojinetes, deslizándose pendiente abajo en las calles de Utatlán, hasta "los repasos", aquellas fiestecitas juveniles vespertinas a las que todos llevábamos nuestros longplays para animarlas y bailar incansablemente, nuestros días y noches transcurrían entre risas y alegrías, acercándonos cada vez más a las fiestas navideñas y de año nuevo, que nos traían la concreción de nuestros sueños infantiles y de adolescentes, al buscar los obsequios para familiares y amigos y recibir los nuestros, probablemente esperados durante todo el año.

Los recuerdos de nuestras vacaciones escolares son los más bellos. Atesoran el deber cumplido, el descanso largamente esperado y finalmente logrado, la oportunidad de compartir experiencias y momentos cálidos con nuestros amigos, conocer gente nueva e ir adquiriendo madurez. Es una lástima que actualmente los padres de familia se obsesionen con enviar a sus hijos a cursos de vacaciones para "mantenerlos ocupados" fuera de casa, en lugares seguros, eso sí, pero lejos de ellos, de sus hermanos y amigos. Las vacaciones son una fuente maravillosa de experiencias que debieran aprovecharse al máximo.

martes, noviembre 08, 2005


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DE PRINCIPIO A FIN

La vida es un universo de vivencias que están allí, en esta vidriera inmensa, que a veces elegimos para experimentar y, en la mayoría de los casos, nos tocan y arrastran sin haberlas pedido. Cada vida experimenta los mismos acontecimientos, aunque se reciban y procesen en tan diversas formas como seres existen.

El advenimiento de un pequeñísimo e indefenso nuevo ser a nuestras vidas, generalmente nos llena de alegría y entusiasmo, nos contagiamos de ternura y sensibilidad... siempre y cuando este bebé nazca en un ambiente cálido, sea esperado con alegría y amor y no se convierta -por esas cosas de la irresponsabilidad de su padre o madre- en motivo de angustia, desesperación o frustración.

De la misma manera, el crecimiento y desarrollo de nuestros hijos nos va fortaleciendo y haciendo madurar con ellos; cada logro, por pequeño que sea, es también nuestro y sus conquistas y triunfos nos llenan de satisfacción y orgullo, pues también representan haber cumplido con nuestro deber de guías y amigos.

Por supuesto, es difícil enfrentar los temores, las dudas, las desidias. Nuestros propios demonios pueden, repentinamente, aparecer en los rostros que más amamos y entonces el arrepentimiento y los remordimientos pueden hacer presa fácil de nuestros días y noches.

A cada momento su propio afán. Vemos transcurrir los años, crecen nuestros hijos y llegarán los nietos -algún día- haciendo que el ciclo se complete nuevamente. De padres nos convertimos en abuelos y nuestros padres ven repetir en nosotros sus más lindos y cálidos momentos.

Y es allí que vemos cómo el final del camino de las vidas de los mayores en nuestras familias o amigos se van dando lugar, irremisiblemente. La toma de conciencia de esa realidad siempre llega acompañada de un dulzor-amargo, el agradecimiento a la vida por haber podido compartir momentos vitales, importantes y profundos o los livianos y diarios, sencillos... pero que unos y otros van formando el entramado que nos sustenta, que da fuerza y vitalidad a nuestras propias vidas.

Nada más triste que la partida de los ancianos cercanos. Aquellos que han llenado nuestros días de momentos serenos y plácidos, de los que hemos aprendido a través de los años cosas tan simples como observar las mariposas, quienes han hecho sensible nuestro corazón leyéndonos un poema de amor o han sido la luz que nos saque de las tinieblas de nuestras confusiones existenciales.

Son difíciles momentos, así se trate de un cambio de residencia, de país o el adiós definitivo. Debería quedarnos en el alma el archivo positivo al cual volver para revivir los instantes felices y desechar los amargos y duros que pudieran obstaculizar la despedida final y llenarnos de resentimientos que, indudablemente, nublarán nuestra propia existencia.

Rindo homenaje a los seres maravillosos que he encontrado en mi vida, a los ancianos que me han dado compañía desinteresada, amor filial y sabiduría a manos llenas.

domingo, octubre 23, 2005


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DE LOS PRECLAROS

En este lado del mundo en el que la influencia es directa del norte-norte -ya ustedes saben- lo que se lee, mira y escucha no siempre es lo mejor del mundo.

Debo reconocer que este asunto de Internet ha ampliado nuestro horizonte y nos ha permitido el acceso al inmenso mundo allá afuera de nuestra franjita de tierra, en la que somos casi contorsionados entre el norte que pareciera moverse para el oeste y el sur hacia el este, retorciendo y halando nuestra banda y con ella nuestras costumbres y tradiciones, nuestros pensamientos, prioridades, creencias y falencias.

Ese norte hala tanto, tanto, que ese poder de tracción se ha llevado -y seguirá llevando- cientos de miles de hombres y mujeres de pieles y cabellos oscuros, con ojos rasgados y profundamente negros, que han ido buscando un estilo de vida que no es el suyo, tal vez pensando recuperar lo que acá se perdió, hace 500 años, cuando eran amos y señores de este país verde esmeralda. Y, decía, con la fortísima influencia que tenemos -tallada en los huesos y grabada en los sueños- lo que aprendimos vino preconcebido y destinado a nuestras mentes, monitoreado y dirigido para que siguiéramos enfrascados en nuestra pequeña provincia, sin conocer todo el maravilloso universo de pensamientos que crecen como la hierba allá afuera.

Pero lo que ha de ser, será. Y llegó Internet para abrir brecha y formar redes de pensamientos y sentimientos; haciendo colmenas de intereses, grupos de discusión en los que todos podemos ir y venir sin dramas, aprendiendo y enseñando desde nuestro más íntimo rincón, aquel lugar en el que nos sentimos a gusto con nosotros mismos y nuestros visitantes virtuales.

Así, le damos cabida en nuestras pupilas a los pensamientos nuevos o viejos conocidos, seguimos la huella de las reflexiones de algunos seres especiales que antes de la virtualidad ya eran, ya tenían el poder de transmitir sus ideas claras y valientes, razonadas y pragmáticas, aquellas que dan luz en el camino de tinieblas del pensamiento joven, del que aún no se abre a las posibilidades diferentes a las que le acompañan desde su nacimiento. Fueron esas mentes las que también se hicieron fácil espacio en la red, ampliando la cobertura de influencia -esta vez, aceptada y no impuesta- en nosotros.

De esta manera tenemos la oportunidad de aprender, de comprender, de convivir con seres lejanos, otrora extraños, pero que se convierten en compañeros del desayuno diario, mientras se les lee entre sorbo y sorbo de café. Mientras, su verdad nos toca, nos enfrenta, nos abre los ojos. A veces, probablemente, no estaremos de acuerdo con ella, pero es fabuloso poder compartirla y rebatirla mientras devoramos las líneas negras que nos dejan más, mientras se van haciendo menos.

Eduardo Haro Tecglen ha sido una de esas figuras importantes. Claro, conciso, preciso. Para muchos, quizás, irreverente y grotesco; para muchos otros fue el balde de agua fría que se llevó muchas telarañas que mantenían atadas sus creencias y cerradas las ventanas de su mente a la luz de la verdad.

¡Qué pena que se haya ido! Sin embargo, seguirá siempre vigente porque el ser humano también lo será; siempre tendremos las mismas dudas que podremos aclarar, en parte, con las respuestas de Haro Tecglen. Gracias a él y a su valentía.

lunes, octubre 17, 2005


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Stan

Los daños causados por los embates de la naturaleza duelen. Y duelen más cuando suceden en nuestra propia tierra, cuando afectan a nuestra gente y vivimos la crisis con todos los sentidos. Una fuerza demoledora llegó en los primeros días de octubre a nuestras costas en el Pacífico, con el nombre de Stan. Este huracán fue adentrándose por el sur occidente del país en su paso hacia territorio mexicano, en donde ocasionó daños. También fue afectado El Salvador. Su fuerza fue mayor que la de Mitch en 1998.

Las lluvias provocaron que los ríos del país crecieran y se salieran de cauce, causando inundaciones dramáticas; este fenómeno al que estamos acostumbrados y se repite año con año en algunos lugares de la costa sur, ahora se multiplicó y apareció en todo el territorio azotado. Las montañas se desmoronaron, causando aludes y deslaves que cayeron sobre poblaciones enteras, habiendo dejado enterradas a comunidades enteras con 3 ó 4 metros de lodo y escombros sobre ellas.

La fuerza brutal del agua arrancó algunos puentes de sus bases, así como trozos de carretera; cientos de derrumbes sobre las vías de acceso de cualquier importancia limitaron el paso, y el rescate y ayuda de los damnificados se dificultó y retrasó ostensiblemente debido a que no se tenía acceso a las áreas de riesgo por carretera y los aviones pequeños y los helicópteros tampoco podían volar por el peligroso techo de nubes.

Paso a paso ha ido llegando la ayuda a cada comunidad, para encontrar dolor y muerte en muchas de ellas o en otras el desconsuelo por la pérdida de bienes materiales, por las cosechas arrasadas y por la desesperación de tener el agua lodosa hasta la cintura, aunque no se lamente pérdida de vidas humanas.

Seguir hablando del dolor, de las muchísimas imágenes que han circulado por la red o han aparecido en los reportajes de la televisión, sería redundante y morboso. Prefiero comentar acerca de algunas personas especiales, de seres humanos que por fuera y desde lejos se ven comunes y corrientes pero si se los analiza y observa detenidamente se ven diferentes. Son los héroes anónimos. Aquellas personas que al aparecimiento de la necesidad, de la emergencia, del dolor de su prójimo, accionan sin pensarlo dos veces y arriesgan su propia vida en la entrega a su trabajo.

Así, un único bombero voluntario en una comunidad, un hombre de más de 35 años que, a pesar de su poca instrucción ha pasado años de su vida entregado a la tarea de enseñar a sus coterráneos primeros auxilios; esa preocupación multiplicó entonces las posibilidades de salvamento en esta circunstancia que golpeó su aldea. Andrés* llora de angustia y pena cuando recuerda que no pudo sacar a tiempo a una niña que divisó en la penumbra de una casa arrasada, quien desapareció ante sus ojos a pesar de su tremendo esfuerzo por rescatarla. Durante más de cuatro días, casi sin dormir, estuvo trabajando en el rescate de damnificados y los pobladores de su aldea ahora lo llaman "nuestro héroe Andrés".

De la misma manera, don Mario*, el único carpintero de una comunidad, pasó toda la noche en un taller instalado emergentemente y fabricó 35 ataúdes que donó a los deudos de los fallecidos. Salió al día siguiente para ayudar al rescate de sus vecinos.

Sería muy largo enumerar los cientos de personas que abandonaron sus actividades normales para trasladarse a los cientos de centros de acopio que aparecieron en la capital de Guatemala, sobre todo, desde donde fueron distribuidos a los lugares afectados cargamentos de agua pura embotellada, ropa, comida, leche, biberones, frazadas, medicinas... El espíritu de solidaridad se hizo evidente y se unieron esfuerzos con la ayuda internacional que llegó a nuestros aeropuertos desde la lejana Europa, nuestra América toda y el Caribe. Efectivo para la reconstrucción de puentes, carreteras, escuelas y hospitales; y para ayudar a los afectados en la reconstrucción de sus hogares y a enfrentar la pérdida de las cosechas. También llegó valiosa ayuda médica, ropa, comida, perros entrenados en la búsqueda de sobrevivientes, medicamentos, ingenieros, tractores, gasolina.

La crisis apenas empieza a sentirse. Segun los datos oficiales, las lluvias han causado al menos 656 muertos, 841 desaparecidos, 381 heridos, 240.105 damnificados, 1.500,000 afectados directamente, 2 millones afectados indirectamente, 140,266 personas atendidas en albergues. Se cuentan 771 comunidades afectadas, más de 24 mil viviendas afectadas, más de 8 mil destruidas. Los puentes daños fueron 155, los destruidos 32 y las carreteras dañadas 130. Pero todos sabemos que las cifras nunca revelan la realidad. Y nuevamente nuestro pueblo, el más pobre y limitado, ha sido el que más sufrió pérdidas y dolor.

Creo que ésta debiera ser la oportunidad para empezar a trabajar en programas de fondo que vayan modificando la realidad de mi país. Este gobierno tiene la oportunidad (lamentablemente provocada por este terrible huracán) para cambiar la historia. Y nosotros, los guatemaltecos, para hacer de nuestra solidaridad momentánea, una manera de vida.

*Nombres ficticios

lunes, octubre 10, 2005


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VAL

Los recuerdos más felices de mi infancia están ligados a mi tío Paco y sus tres hijos, mis primos hermanos: Pancho, Tono y Pepe, hijos del único hermano de mi madre. Ellos fueron los hermanos varones que no tuvimos nosotras -mis tres hermanas y yo- y con quienes nos veíamos dos veces al año: para las vacaciones de Semana Santa y para las vacaciones de fin de año escolar, de octubre a enero. Entonces nosotras viajábamos hasta la costa sur, casi frontera con México, a la finca de mi abuelo, Dalmacia, en donde ellos vivían.

Todo cambiaba entonces para mí: el asma que padecí de los dos a los doce años desaparecía como por encanto, me sentía libre como un gato montés y amada y apreciada por mi querido tío, quien siempre procuraba darnos momentos felices, llenos de sana distracción.

Entre las variantes de esa distracción estaba un enorme cajón de madera, de más o menos un metro de altura, que a cada visita corríamos a revisar mi hermana Sandra y yo. Levantábamos la tapa y allí adentro estaba el tesoro, muy bien guardado por Pancho y Tono (que tienen más o menos la misma edad que nosotras dos, otra razón para llevarnos muy bien): eran todos los "chistes"* que nuestra imaginación podía ver materializados y guardados en el mismo lugar, esperando por nosotras. Mi tío se los compraba a los niños y ellos, conociendo nuestro gusto por leerlos, se preocupaban de tratarlos con cuidado para que, a nuestra llegada, pudiéramos disfrutarlos.

Teniendo unos nueve años, mis favoritos eran La Pequeña Lulú, Anita y Toby aunque debo reconocer que me gustaban mucho las brujitas que aparecían siempre en una historia secundaria de cada entrega. Cuando tenía unos 11 años, me incliné por Archie: no podía comprender cómo Verónica prefería a Carlos, siendo que el pelirrojo Archie era el protagonista de la historia; Torombolo me sacaba de quicio y aquel grandote come-hamburguesas me daba pena.

Ya de regreso a la ciudad, buscaba en las ediciones de nuestros diarios las tiras cómicas que publicaban siempre: Olafo, El Fantasma, Mandrake el Mago, Rip Kirby y El Príncipe Valiente. En la edición dominical, en un fascículo extra, venía cada historieta ¡en una página entera!, que le tomábamos prestado al diario antes de que papá lo tomara para leerlo. Muy secretamente fui interesándome más y más en Val, El Príncipe Valiente, y en su desarrollo; tal vez fuera porque, de alguna manera, identificaba su crecimiento, la búsqueda del amor, de la madurez en sus acciones y en la concretación de su vida de adulto, con la misma búsqueda que yo iniciaba camino de la adolescencia y juventud. Las imágenes detalladas, con los personajes dibujados casi como fotografías me parecían preciosas y la historia que empecé siguiendo por simple disfrute, llegó a ser la interrogante semanal más fielmente guardada en mi mente preadolescente. Me parecía una historia absolutamente creíble y digna de admiración y respeto.

Los recuerdos de la niñez, decía, los más gratos, están atados a los "chistes"* de nuestros primos, que con el tiempo fueron cambiando por revistas y libros, haciéndose cada vez más escasos. Llegó un momento en el que no vi más ninguno de ellos, aunque sus enseñanzas perdurarán para siempre en mi memoria.

*Nombre con el que se llama a los comics en Guatemala.