domingo, septiembre 25, 2005


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LAS DIFERENCIAS

La palabrita "clima" me tiene los cabellos de punta. En todos los diarios, telenoticieros, internet y cualquier otro medio, los problemas climatológicos han llenado páginas y páginas de los excesos de la Naturaleza, resultado probable de los abusos que nuestra raza ha cometido en los últimos decenios y que ahora están dando los frutos que nos merecemos.

Desde que el Niño hizo su aparición hace unos buenos lustros, la situación no ha dejado de empeorar. En esta franja del planeta se han movido las estaciones -se corrieron en su llegada- de tal manera que las frías épocas navideñas, con días azules y lumínicos, se han convertido en días grises y amenazantes de una lluvia que no termina de caer, pero que agudiza el frío en esa mezcla de climas.

Nuestras vacaciones de Semana Santa, otrora cálidas y radiantes, se han convertido en un juego de adivinanzas climáticas, porque no sabemos si usaremos traje de baño o suéter.

Estando nuestra ciudad rodeada de montañas se mantiene a cubierto de huracanes y ciclones lo que hace que el paso de ellos sólo sea sentido en forma de lluvia persistente. Así que ver las imágenes de los lugares afectados por fenómenos naturales violentos de ese tipo produce en nosotros una mezcla de ansiedad y agradecimiento con la vida, que nos ha permitido morar en este lugar privilegiado... sí, claro, tenemos terremotos, ¡pero no es lo mismo!

El pasado 26 de diciembre, mientras estábamos gozando de unos días de descanso en el lago de Atitlán, vimos la noticia del tsunami que afectó las costas de Tailandia, Indonesia, India, Sri Lanka y los países del sureste asiático. Pasaron muchos días antes de que olvidáramos las dantescas imágenes que dieron la vuelta al mundo, en donde miles de personas perdieron la vida sin apenas darse cuenta de lo que estaba sucediendo. En su mayoría, seres humanos pobres, muy pobres, habitantes de esas costas.

El sentimiento de miedo, frustración y desprotección que pudimos percibir a través de fotografías y videos, se ha repetido ahora con Katrina, pero en otros rostros. Con otro color de piel, con otra forma de ojos, con cabellos distintos. Tal vez la diferencia más notoria entre unas imágenes y otras sea que en las más recientes, se percibe una profunda desesperanza. Miradas de espantoso abandono, de impotencia absoluta.

Hace un par de noches vimos en un telenoticiero una entrevista a varios centroamericanos que vivieron la furia de Katrina en New Orleans. Ellos fueron filmados en el mismo lugar de los hechos, caminando con el agua hasta el pecho, buscando refugio seguro. Contaban, entrecortadamente, que llevaban cuatro días caminando en esas mismas condiciones y que las lanchas de salvamento que encontraron en su camino pasaban de largo a pesar de sus llamados de auxilio. Ninguna de ellas se detuvo para brindarles ayuda, ni tan siquiera para pedirles paciencia. Simplemente los veían, reconocían que eran latinos y seguían de largo.

Estas acciones son las más duras diferencias entre esta devastadora desgracia natural y otras muchas que se han dado en el planeta, a través del tiempo. La falta de humanidad, la ausencia absoluta de caridad, han convertido a los supuestos salvadores de vidas en monstruos de discriminación, rudos y fríos.

Es un imperio que se cae a pedazos de podredumbre. Y ni el dios que habita en la cabeza de su líder podrá evitar que el estrépito de su caída se escuche en todos los rincones de la Tierra.

lunes, septiembre 19, 2005


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LIBERTAD, 15 DE SEPTIEMBRE

Ayer estuvimos de fiesta. Fiesta cívica. Cumplimos 184 años de ser independientes. O de pretender serlo, más bien. De que nuestros "próceres" nacionales decidieron, sin sangre, independizarse de la corona española para no pagar más tributos. Y fue tan tranquilo el asunto que doña Dolores Bedoya de Molina, esposa de uno de los mencionados próceres, Pedro Molina, salió a dar gritos de libertad frente a su casa, en compañía de algunos niños que tiraron cohetillos para celebrarlo. Nada de sangre, dije. ¿Los indígenas de esa época? Ni fu, ni fa, ni enterados.

Sin embargo, todo el entramado social de esa época, con sus espantosos complejos, prejuicios, irresponsabilidades sociales y demás males, fue heredado, mantenido y "apapachado" por generaciones de guatemaltecos a los que les ha convenido quedarse detenidos en el tiempo, para seguir disfrutando de las ventajas de ser amos y señores no sólo de la fuerza económica sino, en muchísimos casos, de la vida misma de sus trabajadores y colonos.

Y hablando un poco de la situación socioeconómica de los guatemaltecos, hoy justamente fueron publicados los resultados de algunas investigaciones, mediciones y certificaciones efectuadas al país por instituciones de orden mundial. Helas aquí:

Índice de Desarrollo Democrático
La ONG argentina Poli-lat efectuó un estudio midiendo este indicador y Guatemala salió bastante mal, en el último lugar del ranking latinoamericano. La corrupción del gobierno anterior y la inestabilidad dentro del partido de gobierno son mencionadas como las dos grandes causas para esta falta de crecimiento. Yo diría, como dos de las muchas causas.

Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD
La brecha entre ricos y pobres frena el desarrollo de Guatemala, según dice el informe sobre desarrollo humano. Y cuestiona el modelo económico agropexportador del país -azúcar, banano, café, principalmente- que ha mantenido durante décadas las diferencias abismales entre unos y otros, sobre todo en la costa sur-occidental del país, en donde están ubicados los grandes ingenios azucareros y las fincas productoras y exportadoras de café; y en el nor-oriente del territorio, con las grandes compañías norteamericanas cultivando y exportando bananos.

Certificación lucha antidrogas
A pesar de que las olas de agitación provocadas por los periodistas se hicieron sentir hace algunas semanas ya que se rumoraba que Guatemala no conseguiría la certificación, hoy leímos en los periódicos la decisión de Estados Unidos de otorgarla en el renglón de la no producción ni transporte de drogas a territorio norteamericano. Esta certificación, que este año especialmente no hizo mucha presión entre los legisladores que tienen pendientes cambios a las leyes relacionadas, fue anunciada ayer por Bush, previo a viajar nuevamente a New Orleans.

Otros datos interesantes de los acontecimientos, son: que en nuestros juzgados se están llevando 30 procesos por corrupción en el aparato estatal, todos a miembros de alta jerarquía del gobierno de Alfonso Portillo, incluido el llevado en su contra; y que el 76% del presupuesto del Ministerio de la Defensa Nacional está designado a sueldos del ejército de este país, ahora reducido por los acuerdos de paz.

Los cambios que en principio fueron superficiales, han tendido a profundizarse paulatinamente, pues ellos conllevan darle vuelta a una sociedad acostumbrada a los compadrazgos, palancas, contubernios y contactos que siguen dando más al que más tiene, manteniendo a millones de personas que debieran luchar por su superación, en el nivel de su supervivencia.

Cantar el himno nacional, participar de los desfiles cívico-militares, poner banderitas en las ventanillas de los automóviles, asistir al paso de las antorchas que llevan el fuego de la libertad... son todas actividades sociales y cosméticas para "taparle el ojo al macho" pero que no son, ni remotamente, las que concedan verdadera libertad a los habitantes de mi tierra. Sin embargo, es menester aceptar que, como mencionaba líneas arriba, se están dando algunos cambios que provocarán que, tarde o temprano, los desposeídos desde la época de la conquista española, vuelvan a sentirse libres y dueños de sus propias vidas.

viernes, septiembre 09, 2005


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EL SIERVO DE DIOS

Un tema redundante, difícil de enfrentar y complicado de encontrarle solución. Cada grupo de personas que profesa una religión de las muchas que existen sobre este planeta, piensa que su fe es la verdadera. Y aunque existen las excepciones -contadas, pero existen- en las que la madurez y la instrucción han provocado cambios en algunas de ellas, permitiéndoles abrir su mente y aceptar o, al menos, tolerar a otros grupos religiosos, el fanatismo en esta área de la vida humana todavía provoca muerte y odio.

En el nombre de Dios se han cometido -y se seguirán cometiendo- privaciones, exilios, perjurios, asesinatos y, por supuesto, genocidios. La palabra de Dios ha sido utilizada como justificación de crímenes espantosos, en los que se ha soltado la rienda a oscuros instintos.

Cansador y aburrido sería enumerar cada caso de estos en la historia de la humanidad. Tal vez cada uno de nosotros conozca alguno de ellos en el que ha estado involucrado alguien cercano; ya sea en el rol de víctima o victimario. Todavía recuerdo que no hace muchos años, los irlandeses católicos y protestantes se mataban entre sí por sus diferencias; que la guerra de Bosnia Herzegovina dejó miles de muertos serbios ortodoxos y musulmanes; y qué decir de las pérdidas de vidas provocadas por el odio entre judíos y musulmanes.

Se mata en el nombre de dios, sea éste el que sea. El Trinitario, el Único, el Absoluto. Se mangonea su nombre, se utiliza, se ensucia. Me pregunto lo que pensarán esos dioses -con los nombres por los que son llamados- acerca de cómo se les lleva y se les trae...

Y mientras más culto e instruido sea un pueblo, menos proclive será a dejarse liderar por fanáticos religiosos... ¿o no? Sin embargo, en el caso de Estados Unidos, sus ciudadanos llevaron al poder a uno de estos, un ser peligroso que pretende proyectar una imagen de hombre honesto y temeroso de Dios, pero que a la hora de la verdad guarda su pretendido cristianismo debajo de la tierra, olvidando totalmente los principios de la religión que ostenta, violando todos los códigos de decencia, moralidad, humanismo y servicio al prójimo. El mismo prójimo que votó por él al creerlo un ser iluminado que los guiaría por la vida hasta la parcela celestial y que hoy decepciona tanto sus mentes como sus corazones.

Ha demostrado un total desprecio por sus conciudadanos, al mantener su pausado y ya conocido ritmo de descanso y prolongar por cuatro días sus vacaciones -¡cuatro!- a pesar de que los destrozos y drama que dejó Katrina a su paso eran conocidos hasta en los rincones más escondidos de este mundo. Y por si eso fuera poco, mientras visitaba la base naval de Coronado en San Diego, públicamente tomó una guitarra y la tocó a los ojos y oídos de horrorizados norteamericanos que esperaban de él una respuesta rápida, casi como un reflejo, que demostrara solidaridad y apoyo; no esperaban a un juglar que cantara las desgracias ajenas o a un pusilánime que no sabe qué hacer en casos extremos. ¡Por favor!

Desde este rincón del mundo, en donde todavía las religiones tienen una cuota de poder compartida con la corrupta política, hemos visto con tristeza cómo los miles de habitantes de New Orleans han tenido que aguardar a que su todopoderoso gobierno se mueva para salvar sus ya precarias vidas, amenazadas por la naturaleza desatada y por el pánico de sentirse solos sobre la Tierra, sin asidero posible para enfrentar esta desgracia. Acá, en este pequeño país, sabemos lo que es sentirse pequeños, ínfimos, desprotegidos y endebles cuando nuestras vidas se han visto afectadas por fuerzas naturales desencadenadas y violentas, que en un segundo han transformado nuestras rutinas y nos han dejado, literalmente, mirando el cielo estrellado. Sin embargo, la reacción al resultado de cada catástrofe no se ha hecho esperar, tanto de propios como de extraños. El torrente de ayuda de todo tipo se recibido con la humildad que el caso ha determinado, la hemos aceptado y hemos salido avantes gracias a ella. A través del tiempo, la misma naturaleza nos ha dotado de conocimientos y temple para enfrentar sus embates, para acudir al llamado de los más afectados, de los desfavorecidos. Tal vez sea que esos mismos golpes nos han hecho madurar en este aspecto.

Nuestros ojos y sentidos han "visto" cosas inauditas que jamás pensamos ver. Las fuerzas de la tierra, del océano, del aire han golpeado fuertemente a nuestros congéneres en todo el globo y el resultado en muchos casos ha sido desgarrador. La tecnología nos ha permitido compartir cada momento de dolor en sitios antes desconocidos e inaccesibles. Pero nunca tanto ha afectado como la frialdad proveniente del egoísmo humano. Nunca habíamos visto a un líder norteamericano que haya manoseado la relación de las personas con Dios para disfrazar su irresponsabilidad y su desapego. Y el caso de New Orleans con el señor Bush, siervo de Dios, es el más evidente.

viernes, septiembre 02, 2005


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UN ALTO EN EL CAMINO

Un momentito cósmico, un parpadeo, un suspiro. Tal como la chispa que salta de la fogata brillando antes de caer a la tierra y apagarse, así fue mi tiempo compartido con Carlos McGough. Nos unió nuestro amor por Uruguay, sin haber nacido en él, nuestra debilidad por sus tradiciones, su cultura y su gente. Fue en Rodelú nuestro encuentro y fue la base de una amistad diferente. La primera vez que lo leí fue suficiente para sentirme impresionada por su talento; posteriormente me sentí cómoda con su afecto, guiada por su consejo sabio, protegida por su atención a mis vivencias. Fue así como aprendí a respetarlo, a admirarlo y a quererlo.

Se adelantó. Y no sólo eso. Avisó que lo haría.

Ahora, disfrutando de la paz que ha dejado para siempre su presencia en nuestras vidas, sonrío al recordarlo reír con su sonora carcajada y sigue invadiéndome el alma el dulzor de su voz al despedirse antes de terminar cualquiera de nuestras conversaciones telefónicas. Nunca nos vimos, queda pendiente para la próxima. Pero su presencia virtual fue suficiente.

Hasta la vista, querido amigo.

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EL CORAZÓN COLECTIVO

Hace algunos años, muchos diría, tuve el primer contacto con el folklore latinoamericano. No sabía nada del tema, no me había interesado jamás y, es más, me parecía desagradable, chocante y de mal gusto cualquier cosa que tuviera que ver con los nativos tanto de mi país como del resto de América Latina. Todo en mi adolescencia había sido rock, los Beatles eran mis héroes (de qué o porqué, me pregunto ahora) y no éramos -mis contemporáneos citadinos y yo- más que el resultado de la invasión visual que inició con el cine y se profundizó con la televisión, alentada por la radio y las revistas que llegaban directamente del norte cercano o un poquito más arriba en el mapa. Padres, abuelos, amigos y maestros fomentaban esta manera de pensar y sentir, haciéndonos vivir en un mundo extraño e irreal. Extraño y foráneo, claro; irreal, porque no era el nuestro. Ese mundo propio, interior, que estaba un poco más afuera de nuestra área cercana de acción, que existía y latía fuerte sin esperar a que nadie lo aceptara o reconociera, viviendo desde siempre sin importarle nuestro desprecio o nuestra negación a su existencia.

Esa identidad que cuando fui adolescente no comprendí, probablemente hasta negué en la búsqueda de ella misma, cuando prefería escuchar ritmos muy ajenos a nuestra realidad o paladear sabores importados, quizás avergonzándome de los colores de nuestros trajes típicos, de la raza de nuestros antepasados o al escuchar hablar los más de cuarenta dialectos con los que todavía hoy se comunican mis coterráneos, la encontré paulatinamente a través de la música cuando tuve el primer contacto, decía al principio, escuchando folklore sudamericano.

Con los años, viviendo fuera de mi país, descubrí que extrañaba terriblemente su paisaje, tan arraigado en mis pupilas, mientras recorría las carreteras de Uruguay, disímil totalmente en su geografía con Guatemala... como distinto es en muchas otras cosas que van desde su visión de la vida hasta la cocina.

Cada país tiene lo propio. Y no es otra cosa más que el conocimiento de ese mismo país, de nuestro terruño o del lugar en donde nos toque vivir, lo que nos hace amar sus raíces -las nuestras o las que adoptamos- las que nos hacen identificarnos con los millones de seres con los que compartimos el tiempo y el espacio en el que vivimos.

Por supuesto, todavía existen circunstancias en mi país que me hacen sentir pena o vergüenza, pero todas ellas tienen que ver con el proceder de los que se dicen "civilizados" y "educados", hombres y mujeres corruptos, desleales y deshonestos, que no saben amar su tierra.

Sin embargo, me siento orgullosa de mis raíces latinoamericanas y cada vez más, hago míos los compases de un corrido, de un tango, de una cumbia o una zamba, tanto, como los de nuestra guarimba. Me encanta comer lo que las personas comunes y corrientes buscan al medio día en las ciudades de América Latina, encontrar similitudes en sus leyendas, en sus pieles, ojos y cabellos y me doy cuenta que, muy tristemente, a pesar de ser muy parecidos, todavía nos falta descubrirnos y aceptarnos, unirnos y trabajar juntos para crecer y fortalecernos.

Probablemente sea una utopía. Pero quizás no. A lo mejor mis nietos puedan vivir la fuerza de América Latina unida, identificada consigo misma, bailando los ritmos que suenan desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego, mientras todos aprendan a comer chile o a tomar mate. Un maravilloso sueño de raíces profundas, morenas o claras, mezcladas para olvidar las desconfianzas y odios que mentes extrañas han sembrado en nuestro corazón colectivo.

miércoles, agosto 24, 2005


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LO NUESTRO

Durante nuestra niñez, mis hermanas, primos y yo pudimos experimentar la cercanía con el campo y sus encantos debido a que, durante las vacaciones de fin de curso, viajábamos hacia la costa sur de mi país para pasar los dos meses más esperados en nuestras mentes y almas de niños.

Cada fin de año -las vacaciones de clases son de noviembre a enero- gozábamos del maravilloso clima de esa temporada, que es cuando no llueve y la temperatura baja unos cuantos grados en todo nuestro territorio; en Coatepeque, situado en el sur-occidente de Guatemala, se mantiene a unos 28° C durante el medio día, aunque en las madrugadas bien puede bajar hasta unos 12. Mi alegría era doble pues para esos años mi padecimiento de asma mejoraba notoriamente con el cambio de ambiente, ya que la polución en esos parajes es inexistente aún hoy, amén de que la presión de las clases y cumplimiento de horarios desaparecía por completo.

Todos estos componentes abrieron mis ojos mentales hacia cosas que, probablemente, muy pocos niños de la ciudad podían conocer. Fue así como se instalaron en mi memoria los aromas maravillosos de la flor del árbol de la cruz, que crecía a la par de la iglesia; también el de las vainas de tamarindo recién cortadas, allí nomasito al alcance de nuestras manos, mientras sentados sobre el pasto y a la sombra de las enormes ramas, comíamos la pulpa dulce-ácida de la fruta hasta lograr que nuestras lenguas se cortaran. Casi ningún aroma es más fuerte en el recuerdo que el de la tierra mojada, empapada después de un fuerte aguacero de un par de horas y que, al escampar, nos acompañaba en la carrera entusiasta hacia la carretilla de helados que aparecía infaltablemente todas las tardes a eso de las cinco.

Otros recuerdos, como el del ganado volviendo de los potreros para ser guarecido en el toril; el de un coco recién cortado por Pedro, abierto a golpe de machete y bebido con avidez infantil; o el aroma de la flor de corozo, entre dulce y pegajoso.

Los desayunos familiares -típicamente chapines- están presentes también, con su rimero de tortillas de maíz amarillo, pequeñas y suaves, acompañando huevos frescos revueltos, frijoles colados, crema y queso fresco...

Habiendo nacido dentro de la tradición católica, celebrábamos la fiesta de la Virgen de Candelaria el 2 de febrero de cada año. Además de participar un poco a regañadientes en los rituales religiosos, disfrutábamos del baile de la Conquista, una tradición que todavía se vive en algunos lugares de la república aunque no con tanta frecuencia como en aquellos años. Los compases de la marimba, sazonados con el "shic, shic" de los chinchines*, resuenan fuerte en los oídos de mi alma.

Estos y muchos más son los ingredientes que forman parte de mi identidad, la que fui reforzando a través de las verdes y altas montañas, meditando en las orillas de Atitlán, corriendo sobre la arena negra y calentísima de las playas del Pacífico... A pesar de las fuertes influencias foráneas, que han bombardeado nuestras mentes a través de radio, tv y revistas, nada mejor que las vivencias, las experiencias directas atadas a dulces recuerdos para cimentar el amor por lo nuestro.

* maraca o sonaja hecha de un tipo de calabaza pequeña pintada de negro con adornos de colores.

domingo, agosto 14, 2005


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LA CLAVE

No es fácil. Nunca lo ha sido y jamás lo será. Por más que leamos, hablemos, indaguemos, hay algo allí, dentro del pecho que no responde racionalmente. Tenemos el temor a lo desconocido tan metido en la piel, tan arraigado en nuestra mente, tan aferrado "al corazón", de generación en generación saltando con nuestra memoria colectiva, que no logramos erradicarlo.

Curas, brujos, pastores, todos tratan de convencernos que del otro lado nos espera algo mejor, siempre y cuando hayamos sido buenos en éste; pero si nuestra conciencia se remueve incómoda, el temor se hace más grande porque pensamos que a lo mejor no nos va tan bien cuando partamos.

Independientemente de lo que podamos pensar, sentir o creer de nuestro propio paso "al otro lado" - desconocido y envuelto en una tremenda nebulosa- sí podemos identificar lo que sentimos cuando el adiós de un ser amado se aproxima.

Y la lucha entre la razón y la emotividad es constante, permanente, sobre todo si está sufriendo una enfermedad larga o dolorosa, si sus capacidades están limitadas o han desaparecido, si su vida dejó de serlo para transformarse nada más en una existencia dependiente, tal vez sin ninguna respuesta a los estímulos exteriores, una permanencia forzada por los medicamentos, equipo médico y el egoísmo de los parientes.

Sin embargo, existen otros casos. Los que llegan al final sin enfermedad física visible, probablemente sólo el deterioro lógico de la edad. Los que conservan la mente lúcida, que solamente tienen olvidos que primero asombran a los demás pero que después se van aceptando mansamente. Los ancianos que se van apagando, como una vela, momento a momento; los que piensan que ya lo vivieron todo, que su tiempo terminó y sólo esperan el final.

Y aunque el amor debiera ser lo que guiara nuestros días y relación con ellos, a veces la soberbia o egoísmo nos endurece, haciéndonos pretender que nuestros viejos respondan de la misma manera en que solían hacerlo cuando fueron jóvenes, cuando ellos nos enseñaron y formaron para que fuéramos lo que hoy somos.

Tomarles la mano, hablarles calmadamente, detener nuestra prisa diaria y dedicarles unos minutos de conversación, mirarlos a los ojos y sonreír... ¿qué nos detiene? Es justamente lo que ellos están esperando, lo que desean, lo que necesitan. Saber que sus vidas no han transcurrido en vano, que el amor que nos dieron tiene respuesta, que cuando pasen a donde sea que vayan no estarán solos. Que nuestro amor les hará menos difícil el momento, que su recuerdo dulce acompañará nuestros días y noches de desvelo.

El amor es la clave. Y ese amor que hoy les demos, será el mismo que recibiremos cuando llegue nuestro momento.

lunes, agosto 08, 2005


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FUMO O NO FUMO

Empecé a fumar a los 17 años. En aquella época hacerlo era, según nuestra visión, una señal indiscutible de "madurez", de tener mundo, de ser autodeterminadas. Además, nadie nos había dicho que podíamos enfrentarnos, con el tiempo, a unas cuantas complicaciones en la salud y jamás atamos que el cáncer del que fallecían nuestros amigos, parientes y conocidos, podía ser provocado por el cigarro (como les llamamos acá a los cigarrillos).

Mi padre siempre nos contó la historia de cuando mi abuelo le dijo, siendo papá adolescente, que si quería fumar lo hiciera al ganarse sus propios quetzales (nuestra moneda) para comprar su vicio. De esa misma manera lo hice yo: el primer paquete de cigarros lo compré al recibir uno de mis primeros sueldos y me sentí muy satisfecha cuando mi padre me vio encender un Diplomat con mirada entre benevolente y triste, haciéndose de la vista gorda cuando mi pulso tembló mientras su encendedor se acercaba a mi cigarro.

Nunca llegué a comprar un cartón completo (paquete de 20 cajillas), porque mi consumo no pasó de unos 2 ó 3 cigarros a la semana... salvo mientras duró mi exilio, que fumaba dos cajillas diarias, en maravillosa compañía de mis amigos lacacinos. No sabía que estaba en uno de los países considerados como de más alto índice de fumadores pero tampoco me preocupó mucho la noticia cuando la leí en una Selecciones del Reader's de 1982.

Tuve temporadas largas en que mi organismo sencillamente repudiaba el tabaco y me alejaba de él sin mayor esfuerzo. Cuando volvía a la carga era porque había estado en alguna reunión social y entre risas y conversaciones o, tal vez, alguna discusión interesante, alguien me había extendido un cigarro y yo, sin más, lo aceptaba sin pensarlo mucho.

Decidí dejar de fumar cuando noté que a cada cigarro que fumaba, aparecían pequeñísimos derrames en los dedos de mis manos. Y allí empecé a buscar información.

Con el tiempo, haber dejado de fumar me devolvió la agudeza del olfato, los sabores se volvieron fuertes y profundos y el humo de los otros fumadores, compañeros antiguos, empezaron a serme molestos.

De ser una fumadora activa, me convertí en una fumadora pasiva... y no me agrada. Comparto totalmente la idea de que cada quien se mata con su propia mano, pero no acepto morirme por mano de los demás.

Por eso apoyo las leyes antitabaco. Por eso me siento bien cuando me entero que en tal o cual restaurante, cafetería o local de fiestas, no se puede fumar. Me gusta que no se pueda hacer en las oficinas -públicas o privadas-, en los supermercados, farmacias, cines o cualquier otro lugar en donde se reúnan niños y adultos que no desean ver amenazada su salud por el egoísmo y la irresponsabilidad de gente que, como yo hace algunos años, sólo desea satisfacer su gusto inmediato sin preocuparse por su propia salud o la de sus semejantes.

lunes, agosto 01, 2005


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De tanto ver, sentir, oler y escuchar, damos por hecho y por sentado que todo lo que nos rodea, todo lo que experimentamos y enriquece nuestras vidas, existe de la misma manera en cualquier otra parte del mundo. A menos que la curiosidad nos obligue a que analicemos, indaguemos o investiguemos, no podremos aprender que el mundo está rebozante de experiencias para regalarnos y que, así viviéramos mil años, descubriendo una nueva cada día, no nos alcanzaría el tiempo para vivirlas todas.

Hace veinte, treinta o cuarenta años, durante la adolescencia, no podíamos ni imaginar todo el maravilloso mundo que había fuera de las fronteras de nuestros barrios o colonias; cada persona que conocíamos nos parecía fabulosa -salvo algunas tristes excepciones- pero nos impactaba mucho más si llegaba a nuestro círculo alguien con un acento diferente, con ojos azules o cabello color paja.

La música que escuchábamos era la que nos llegaba por las emisoras locales; claro, toda debidamente elegida por el gusto del mandamás de la disquera dominante, por lo que desconocíamos la riqueza que podía haber en los gustos armónicos de otros países que no fueran nuestros vecinos del norte.

Cuando un amigo, pariente o conocido volvía de algún viaje al exterior, escuchábamos embelesados sus cuentos acerca de lo que había visto, comido o escuchado; con toda nuestra imaginación tratábamos de acercarnos a la realidad vivida por el viajero, a sabiendas de que probablemente nunca conoceríamos a ciencia cierta la realidad que nos relataba.

Muy pocas personas sabían que en Uruguay se toma mate, que en Bogotá se come bocadillo beleño -trocitos de queso campesino con dulce de guayaba- o que en Guatemala se comen tamales negros (con salsa dulce de chocolate).

Las modas de estación llegaban a nuestras ciudades siempre con retraso y las películas en el cine ¡ni hablar!

Ésta es una de las maravillas del tiempo que nos ha tocado vivir, a pesar de que ya vivimos más de la mitad de nuestras vidas. La tecnología nos ha permitido acortar distancias, ver con ojos nuevos lo que existe desde siempre, lo que antes sólo imaginábamos ahora lo disfrutamos desde la comodidad de nuestra sala, a colores y con sonido surround.

Si en algún momento nos asalta una duda, no tenemos más que conectarnos a internet y el buscador nos desplaza muchas opciones para aprender y dilucidarla. Las noticias que antes probablemente no llegaban sino por el "boca en boca", ahora ocupan las páginas de casi todos los diarios del mundo, haciéndonos partícipes de la alegría, el terror o la tristeza.

¡Y cuánto más conocerán nuestros hijos o nietos! Como en los sueños de Bocha, probablemente serán colonizadores de otras galaxias y nosotros, desde sus recuerdos -o en otra dimensión- disfrutaremos de cada nueva conquista del maravilloso género humano.

miércoles, julio 27, 2005


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TRES

Esta semana que termina nos trajo buenas noticias. Para nosotros -acostumbrados a valorar la vida en nada después de más de treinta años de guerra, a ver cómo se escurren los días trabajando sin salir de la miseria y llevando a cuestas algunos usos y costumbres que han servido de lastre- los acontecimientos que vivimos en estos días nos alertan y enseñan que ellos pueden marcar la diferencia.

UNO
Alfonso Portillo, el presidente más corrupto en la historia de nuestro país, que entregara el mando a Óscar Berger -el actual presidente- vive en México desde hace más de un año, gozando de las prerrogativas que le otorga su estatus de ex-primer mandatario de un país vecino. Salió huyendo en cuanto los ganadores llegaron al poder y empezaron a "destaparse las ollas" y saltaron de ellas grillos, sapos y culebras. La buena noticia es que una juez ordenó la captura de este bicho. Mientras tanto, el Ministerio Público finaliza el expediente para solicitar a México su extradición y poderlo traer al país para que enfrente la responsabilidad de sus actos delincuenciales. La corrupción es un terrible mal que socava nuestras instituciones y la impudidad es el otro brazo que nos asfixia. A ver si con este paso logramos iniciar el proceso de desintoxicación.
http://www.prensalibre.com/pl/2005/julio/20/index.html

DOS
El actual gobierno está empeñado en cambiar las cosas. Ir más allá del trabajo cosmético y profundizar en los motivos que nos han mantenido en los albores del siglo pasado en lo que a alfabetización se refiere. Deberá atenderse la educación bilingüe en cada región del país (con los diferentes dialectos y lenguas); invertirse en tecnología y ciencia; descentralizarse la educación; y aumentarse el presupuesto del Ministerio, de tal manera que podamos todos -mujeres y hombres, jóvenes y viejos, citadinos y campesinos- tener acceso a la tecnología y a la educación que hagan crecer a nuestro país y logremos salir del agujero en el que hemos estado durante siglos.
http://www.prensalibre.com/pl/2005/julio/22/119364.html

TRES
Hace casi 10 años, 30 familias que formaban el Sindicato Agrícola de Trabajadores Independientes en Génova Costa Cuca, Quetzaltenango, en el occidente de nuestro país, llegaron a una conclusión: debían cambiar su forma de trabajo y con ello sus vidas, pues siendo asalariados simplemente jamás saldrían de la pobreza. De esa cuenta, formaron un comité que hizo gestiones ante los organismos gubernamentales correspondientes para adquirir una finca rural. Dos años después lograron concretar la compra, habiéndose sumado más familias al proyecto, para totalizar 131. Les fue concedido un crédito con 5 años de gracia y un interés del 5% anual sobre saldos a partir del sexto año y concedió un subsidio a cada una de las familias para que pudieran comprar insumos para sus propiedades. Uno de los líderes convenció al grupo de campesinos para que, con una parte de este subsidio, amortizaran la deuda inicial; con otra parte de ese aporte formaron el capital de trabajo con el que adquirieron 10 mil semillas de planta de mango y 28 mil 500 plantas de limón persa (una variedad jugosa y no excesivamente ácida, muy apetecida), para que la producción de ambas frutas se exporte; además, construyeron un puente para cruzar un río que atraviesa la propiedad y adquirieron 15 cabezas de ganado que proveen leche para consumo así como para la elaboración de quesos que venden al menudeo; sembraron maíz para consumo y venta; iniciaron un proyecto de apicultura y también el de riego por microaspersión. Finalmente, al conocer que el Ministerio de Agricultura ofrece incentivos forestales, sembraron 31 hectáreas de árboles. En el área humana, se dividieron el trabajo por comisiones, para que todos participen de la responsabilidad y beneficios del mismo. Cada familia aporta una pequeña cantidad mensual que va a un fondo común para sufragar gastos médicos de la comunidad o, incluso, atender los de decesos de sus miembros. San Benito, una comunidad que está demostrando que querer es poder, está marcando el paso junto con otras de desplazados por la guerra y que actualmente han sido reinsertados a la vida de la nación.

Por supuesto. Es verdad, nos falta muchísimo por andar, pero hemos iniciado el camino. La conciencia ha sido creada y somos muchos los guatemaltecos que sabemos que para crecer, debemos recordar y hacer partícipes a todos los habitantes del país, incluyendo el último rincón de nuestro territorio para compartir la riqueza natural y humana que nos ha sido concedida.