
Esta mañana tuve que salir al sur de la ciudad, muy temprano, para hacer un par de trámites pendientes. Para los que no conocen Guatemala -que deben ser la mayoría, el turismo uruguayo no viene mucho por acá- el sur está lleno de árboles, con espacios jardinizados y a pesar de que el número de vehículos que circulan es cada vez mayor, en este sector no se nota tanto pues el trazado de calles y avenidas es ancho. A lo lejos, rodeando la ciudad por todos lados, las montañas y volcanes majestuosos.
Debido a que es un área bastante agradable, el comercio de mayor influencia está ubicado en él, lo mismo que los mejores hoteles y restaurantes, por lo que se conoce como "Zona Viva". Acá se dan cita de día y noche jóvenes y no tanto para pasar un buen momento de esparcimiento; o las familias, sobre todo en domingo, deciden almorzar en cualquiera de los muchos nombres que seguramente satisfarán el gusto de niños y adultos.
Mientras volvía hacia el norte -que es en donde vivo- vi con gusto y alegría que las jacarandas están en flor otra vez. Y entonces, con sorpresa, me di cuenta que ya había transcurrido todo un año desde la última vez que les escribí contándoles lo maravillosos que se ven nuestros diversos barrios con las alfombras de estas hermosas flores, así como de madrecacao blancas, rosadas o fucsias.
Todo un año. Un ciclo que empieza y se cierra, como todo en la vida. Como cada día, cada noche, cada semana... Así también la infancia de nuestros hijos, su adolescencia, nuestra preocupación por las enfermedades que inician y terminan dejándonos una desazón en el alma, aunque salimos robustecidos cuando el ciclo del virus termina y los vemos levantarse de su lecho de enfermos más felices y juguetones que antes.
Paulo Coelho escribió su maravilloso texto "Las etapas" que no dejo de disfrutar, además de tratar de ver las cosas como él allí las dice. Es difícil aceptar que la vida transcurre, que las etapas llegan como dice aquella frase popular: No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue. Y que es difícil -a veces, de más- aceptar que todo tiene un fin, que el ciclo se cierra, que por mucho que lo deseemos evitar, por más que nos esforcemos por no aceptarlo, está allí, inexorable e irremisible con nuestros anhelos.
Hemos, creo, de aceptar paulatinamente que los finales llegan y que no significa olvido o borrón de nuestra vida, sino todo lo contrario: enriquecimiento en la experiencia, atesoramiento en nuestros recuerdos y, lo mejor de todo, haber dado y recibido en esa etapa que se cierra, lo mejor de nuestras vidas.
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