Corría septiembre de 1921, en plena temporada lluviosa. Los cafetales se veían nuevos y brillantes, el agua lavaba todas las tardes la vegetación y arrastraba con ella el poco polvo que levantaba el viento por las mañanas. Había un aroma dulce en el ambiente y el sonido de las hojas secas al ser pisadas había sido sustituído por el de moscas y zancudos que volaban en nubes cuando algo los hacía levantarse del suelo. La humedad se metía a través de las suelas de las botas. El calor en la costa se pegaba al cuerpo y apretaba la piel sin descanso haciendo sentir manos y pies inmensos y pesados, como si fuera el mismo efecto que causa el miedo.
Debían terminar la faena temprano y viajar a la finca "La Esperanza" para llevar el pago de los mozos a su padre, que lo esperaba desde el viernes; siendo ya sábado, debía estar impaciente. Así que apresuró el paso al mismo tiempo que hacía blandir el machete a través del atajo.
Al llegar a la casona de madera se quitó el sombrero y empinó el vaso de limonada helada que le esperaba en las manos de la cocinera. Él entró en la casa fresca, atravesó la sala de esquina caminando por el pequeño pasillo hasta detenerse en el lavamanos de porcelana blanca que estaba justo a la entrada del comedor, para asearse prolijamente antes de sentarse a comer. Mientras eso sucedía, Eusebio Pérez -el viejo Chebo- fue presuroso a la cocina a recibir el almuerzo para servirlo en cuanto el patroncito se sentara, para quedarse quieto a su espalda observando sus movimientos y presto a espantar las moscas con el paño blanco que colocaba perfectamente doblado sobre su brazo derecho.
Después del almuerzo, Chebo recogió la mesa y se sentó a comer rápidamente. A las 4:30 saldrían rumbo a La Esperanza para dejar las alforjas con "el pisto" y ya sabía que para este viaje él era el elegido para acompañar al joven patrón.
Media hora antes de salir y después de haber terminado sus tareas en la casona, Chebo fue a la caballeriza y ensilló a Tormenta, el negro y brioso caballo que montaba Francisco; para él preparó a Pelusa, la mula parda. Sabía que nunca estaría más seguro que en su lomo; hacían un excelente equipo cuando de montar por la montaña se trataba. Buscó su saco de paño negro y lo colocó sobre la manzana de la silla, se ajustó el sombrero negro también y esperó pacientemente a que Francisco apareciera por el camino empedrado que bajaba de la casona a la caballeriza, lo que ocurrió cinco minutos antes de la hora establecida. Montaron ambos y enfilaron hacia el occidente, siguiendo la luz del sol.
Después de dos horas de camino, montaña arriba y adentro, Chebo se puso el saco y Francisco subió el cierre de su chumpa. La humedad debajo de los árboles, con la luz del sol debilitada en el atardecer, hicieron bajar la temperatura ostensiblemente. ¡Y todavía quedaban un largo camino!
Un largo rato después, Francisco reconoció los linderos de La Esperanza y pensó con alivio que el viaje estaba por terminar; viajar a esa hora y con las alforjas llenas de dinero no era el viaje ideal. Sonrió pensando en su padre, quien estaría esperándole con la cena servida, seguramente. Pasaron el puente conocido como "Primavera" y al doblar el último recodo antes de terminar el ascenso, escucharon que al paso de ellos se unía un tercero. Los animales se inquietaron, resoplando, y casi se encabritaron, transformándose el trote en algo incontrolable. Francisco le gritó a Chebo que controlara el paso y cuando volvió la vista para reforzar su mandato con la mirada, pudo ver a Pelusa desbocada, pegada a Tormenta, huyendo del sonido que parecía morderles los cascos.
Tanto Francisco como Chebo sintieron las manos y los pies pesados y enormes y una opresión en el pecho que les aleteaba bajando hasta la boca del estómago. Mientras más corrían las bestias, menos sentían que avanzaban. Francisco volteó nuevamente la cabeza buscando a Chebo y entonces alcanzó a ver lo que les seguía: era un animal negro y lanudo, casi tan alto como la mula parda, robusto y fuerte. Tenía las orejas cortas y puntiagudas, la trompa larga y amenazadora y las patas terminaban en cascos semejantes a los de las cabras. Los ojos le centelleaban como un par de brasas, mientras galopaba pegado a Chebo, quien tenía los ojos desorbitados y la tez pálida y húmeda. Los dos hombres quisieron hablarse, animarse o pretender que nada sucedía pero las voces se les hicieron piedra en la garganta. Francisco empuñó su revólver pero al querer amartillarlo, éste no respondió. Sin mediar palabra, formando un eslabón con las miradas, ambos enterraron las espuelas en los ijares de sus monturas, hasta remontar la cuesta y empezar el descenso.
Mientras tanto, el padre de Francisco se paseaba nervioso por los corredores de la casa, mirando insistente hacia la entrada de la finca. No se explicaba qué demoraba tanto a su hijo. Según lo acordaron, debía haber salido de la costa desde hacía cinco horas, tiempo más que suficiente para haber llegado, así que envió a Juan Trejo a hacerles encuentro. El tiempo transcurrió lento y a las 12:00 de la noche, estando casi convencido de organizar una cuadrilla para salir a buscarlos, vio entrar a Francisco y Chebo. Con las caras demudadas, los cuerpos temblorosos y las voces atrancadas todavía, se apearon casi sin esperar a que las bestias hubieran parado de su carrera loca, casi reventadas por el sobre esfuerzo. Al nada más verlo, su padre sabía lo que sucedió. Colocó una frazada sobre los hombros de Francisco, mientras indicaba a Chebo que buscara otra en el armario; mirando a los ojos de su hijo, conectándose con el miedo ancestral que encontró en ellos, sólo alcanzó a decir el nombre -bajo para que el ente no lo escuchara- en una afirmación: "El Cadejo..." Y abrazó a Francisco, dando gracias por tenerlo en casa.
Afuera, Juan Trejo se revolvía en el pasto, después de su encuentro con un animal fuerte de negro pelo largo, orejas puntiagudas, trompa larga y cascos que sonaban como un tropel de caballos. Él no tuvo tanta suerte, el Cadejo lo encontró a pie y lo arrastró, quién sabe hasta dónde...
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