lunes, julio 26, 2004

El trabajo nos alivia el dolor

A lo largo de mi vida -que no ha sido corta- he padecido de depresión en dos ocasiones y en ambas cuando ha sido cuando he estado desempleada.  Y es que para mí trabajar es vivir.  Sentirme productiva, invertir mi tiempo en algo útil, interesante y, además, que me reporte ingresos, es vital.A pesar de que la biblia dice que el trabajo fue dado por Dios al hombre en castigo a su desobediencia (Génesis 3:17 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.  3:18 Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.  3:19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás) y a sabiendas de que hay muchos seres sobre esta misma Tierra que sienten que trabajar en realidad es un castigo, creo que somos más los que nos levantamos animosos por la mañana para cumplir con nuestras obligaciones diarias sean en el hogar, la escuela, una oficina, el campo, el arte, la medicina, ¡en fin!, en donde se nos ha dado la oportunidad de desarrollarnos o donde nosotros mismos hemos elegido hacerlo.

Si nuestro trabajo nos proporciona medios para vivir decorosamente, nos da satisfacciones profesionales y, además, nos refugiamos en él con alegría, podemos decir que aquella frase trillada de los 70's, "me siento realizad@", cobra vigencia.

Sin embargo, las estadísticas muestran que en Latino América los índices de desempleo suben y que los sub-empleos abundan, privando a millones de personas de los respaldos sociales básicos en el orden de seguridad, salud, recreación, educación.  No profundizaré en la calidad de vida que estos magros ingresos proporcionan, como tampoco diré que es prácticamente vergonzante.

Aún así, me maravilla el espíritu invencible -¿acaso el instinto de conservación?- con el que veo pasar por la ventana de mi apartamento a cientos de personas que madrugan día a día para acudir a sus labores.  Por ejemplo, veo a tres jóvenes mujeres que llegan al lugar que han elegido en una entrada del pequeño parque que queda enfrente de mi casa, en donde de 6:00 a 8:00 venden a los transeúntes desayunos ya preparados que los también laborantes consumen al paso o compran para llevar, bien empaquetados.  El padre de estas mujeres llega una hora antes, limpia el lugar, sitúa la mesa en donde se colocarán los alimentos y ordena las pocas sillas plásticas en donde se sentarán los parroquianos con el tiempo suficiente para detenerse allí, tal vez en lo que esperan el autobús que los trasladará a su destino.

Veo pasar a los repartidores de pan fabricado por las pequeñas y antiguas panaderías de barrio, haciendo equilibrio sobre sus bicicletas o motocicletas para evitar que caigan los enormes canastos rebozantes de pan francés o pan dulce, recién horneado.

Si me aproximo al centro histórico de mi ciudad y tomo la avenida que corre de norte a sur dividiendo la vieja ciudad en dos, veré a los cientos de comerciantes informales que van llegando, empujando o arrastrando los enormes bultos que contienen la mercancía que por la mañana desempacan y colocan con el mismo orden de cada jornada, para ser guardada por la noche y así, día a día, noche a noche, repetir la misma acción con la esperanza de terminar con esa entrega y adquirir otra para obtener las ganancias que necesitan.

Sea como sea, todos los rostros que veo presurosos por las mañanas y que miran hacia el frente con seguridad y ansiedad -esperanzados en que hoy las ganancias serán mayores que las de ayer y, con ello, saciarán la sed y el hambre en sus hogares, tal vez podrán completar la cuota para comprarse una cama nueva, quizás ajustarán la renta del cuarto en el que viven- forman parte de la población productiva de mi país.
Entonces, me pregunto, ¿por qué las personas que tenemos un trabajo serio -con respaldo y estabilidad laboral- no cumplimos con nuestras obligaciones, renegamos de nuestras actividades, discutimos porque no nos parece justo que el de más allá no está igual que nosotros (claro, ¡nosotros siempre nos sentimos peor!) o gastamos fuerzas y energías en "hacernos los locos" para no trabajar?  Quizás el no haber pasado por una crisis de verdad, no habernos dormido con el estómago vacío o pensando que al día siguiente deberemos ingeniarnos para llevar lo mínimo para nuestros hijos, nos haga ser insconscientes o ingratos con la vida misma; quizás hemos tenido la suerte de estar en un nivel de vida heredado por nuestros padres y nuestro esfuerzo no ha sido muy necesario, ¡la verdad no lo sé!

Creo que las palabras de William Shakespeare, "El trabajo nos alivia el dolor", nunca han sido tan antagónicas -verdaderas y justas, incongruentes y falsas- como en nuestros pueblos.  Los vientos de cambio deben soplar, deberemos abrir las ventanas y dejar que se lleven consigo las malas costumbres, los juegos sucios, las mentiras políticas, finalmente, la impunidad de nuestros países; cambios que deberán traernos justicia, orden social y por ende, paz.

No hay comentarios.: