lunes, julio 05, 2004

A tus ojos color del tiempo

En aquella montaña verde e inmensa, llena de viento puro y sol brillante, lejos del ruido de las ciudades y de las mentes modernas, allá en la cumbre, en donde parecía que el tiempo se hubiera detenido, allí vivía Segundo Ramírez. Hijo mayor de Candelario Ramírez y Ramírez, llegado a esa montaña hacía más de cincuenta años siendo apenas un niño junto con sus hermanos Juan y Fabián, cuando Rosenda y Mariano -sus padres- decidieron montar las mulas y dirigirse al interior de esa tierra nueva, en sentido contrario a la ciudad.

Pues bien, Segundo era hermano de Cecilio y ambos ayudaban a su padre a arar la tierra, bajo el cielo azul y radiante. Las pieles blancas con las que nacieron se habían curtido con el sol de cada día, de cada mes, de cada año y ahora eran mieladas y resistentes; a pesar de tener los ojos claros y el cabello dorado, no se sentían extraños en la aldea, eran tan nativos como el que más.

Con 18 años cumplidos, Segundo sufría pensando en el momento que llegara la patrulla del ejército y lo llevaran a la fuerza para cumplir los dos años de servicio militar obligatorio. Por eso prefería trabajar cerca de su padre, quien siempre estaba atento a los intrusos y él suponía que evitaría su partida.

Y fue así como una mañana, mientras trabajaban juntos, vieron pasar la comitiva: el tío Fabián iba acompañando a las monjitas que llegaban año con año a trabajar con los habitantes de la aldea. Les enseñaban a leer y a escribir, a las mujeres les daban clases de costura, de cocina, les enseñaban cómo mejorar la crianza de los niños y a mantener limpia la casa. Los ojos verde-amarillos de Segundo se fueron detrás de una de ellas, jovencita y blanca como una nube, con unos ojazos oscuros llenos de curiosidad y alegría. No se animó a decirle a su tata que el corazón le dio un vuelco cuando la miró, pero en cuanto llegaron a su casa, corrió a contárselo a Cecilio. Y juntos decidieron acercarse a la escuela para verla de cerca.

Mientras tanto, Rosa no cabía de contenta. Había decidio acompañar a las monjas durante esas vacaciones y conocer de cerca la realidad de su país. Nunca había imaginado que se sentiría tan identificada con la tierra, con el aroma del pasto, de los eucaliptos y de la leche recién ordeñada. Bajo su óptica de chica citadina, aquello era asombroso y si en algún momento sus padres pensaron que se aburriría y volvería antes del tiempo establecido, se habían equivocado totalmente.

Transcurrieron algunos días y Rosa tenía muchas tareas por cumplir y a su tiempo libre le jugaba la vuelta. Decidió ayudar en la alfabetización de hombres, que se hacía por las tardes, después de la cena. Todos ellos -jóvenes y no tanto- de las treinta y cinco familias de la aldea, se dirigían desde los cuatro puntos cardinales hasta la pequeña escuela para practicar su escritura. A Rosa y a su compañera Raquel les asombraba ver aquellas manos duras y callosas empecinadas en tomar los lápices y practicar: óvalos, óvalos y más óvalos, mientras los ojos de los practicantes brillaban con una mezcla de satisfacción y esfuerzo.

Al concluir las clases, dos horas después, todos se dirigían a la casita que ocupaba el grupo de mujeres; cuando llegaban, ya los más jóvenes habían encendido una enorme fogata en el espacio abierto que quedaba frente a la pequeña capilla y durante un buen rato todos, hombres y mujeres, se reunían para jugar rondas infantiles alrededor del fuego. El calor ancestral parecía unirlos a todos en un solo movimiento, en un solo sonido, en un solo sentimiento. Después de un rato, se despedían y volvían a sus casas para descansar.

Allí, alrededor de la hoguera, quedaba un grupo de adolescentes que se esforzaba por conocer más a Rosa y a Raquel, así como a sus otras dos compañeras. Las monjas se retiraban entonces a descansar, haciendo la recomendación de no desvelarse... demasiado. Fue así como Segundo consiguió hacerse notar por Rosa. Poco a poco, cada noche, mientras jugaban o cantaban acompañados por Daniel, el amigo, y su vieja guitarra, los ojos oscuros de ella vieron más y más los verde-amarillos ojos de Segundo contrastando con su piel de miel. Cada tarde, cuando iba hacia la escuela, no pensaba en otra cosa que en el momento de volver a la hoguera, para sentarse a su lado y ver sus ojos.

Así pasaron las semanas y, finalmente una noche muy fría, mientras todos los jóvenes contaban historias para que las citadinas aprendieran a admirarlos, Rosa deslizó la mano por debajo de su poncho y encontró la callosa mano de Segundo, haciendo que él volteara a verla con asombro e incredulidad. Los suaves dedos de ella conocieron las grietas y rudezas de las palmas de las manos de él y su corazón se llenó de ternura. Conocía a muchos chicos, allá en la ciudad, que a esa edad no habían hecho nada en su vida, ¡nada! Y este maravilloso ser, dulce y tierno, fuerte y vital, conocía el rigor del trabajo desde niño y lo asumía con responsabilidad y orgullo. Se enamoró en ese mismo instante, pero ambos guardaron muy bien el secreto frente a los demás. Sólo Cecilio lo supo.

Los días y noches volaron y llegó el final de la temporada. Todos los involucrados en el programa estaban meditativos, evasivos y ensimismados. Nadie quería tocar el tema del adiós. Así, como al vuelo, Fabián mencionó que habían visto varias veces a desconocidos merodeando por la aldea, que era gente extraña, campesinos algunos, pero "los que mandan" no. Y que el ejército también andaba por allí, recogiendo jóvenes para el servicio. Candelario se preocupó por sus hijos y decidió que ellos no acompañarían a las monjas cuando retornaran a la ciudad, no quería correr riesgos. Sin saberlo, Rosa y Segundo habían hecho planes de viajar juntos durante el recorrido de la aldea hasta el pueblo, con la esperanza de retrasar la separación. De cualquier manera, él la buscaría en cuanto pudiera.

La mañana de la salida, a Rosa se le secaron los ojos del esfuerzo por encontrar su figura viniendo hacia la capilla, que era allí en donde estaban todos despidiéndose. El corazón le latía con fuerza y quería pedir que la dejaran ir a buscarlo, pero sabía que sería muy mal visto por las monjas, de tal manera que llegó el momento de subir a los caballos... y Segundo no aparecía. Alguien le acercó las riendas de una yegua blanca y joven y ella la recibió sin mirar; montó y cuando jaló suavemente la rienda para enfilar hacia la salida, se dio cuenta que era Segundo quien estaba allí, paralizado y sin saber cómo decirle que no la acompañaría. Finalmente, sacó fuerzas de flaqueza y le contó que Candelario no quería que saliera porque era peligroso, pero que iría a buscarla pronto a la ciudad. Le acercó una servilleta de colores en donde su madre le enviaba pan de maíz, dulce y amarillo. Y con un fuerte apretón de manos y el corazón en la mirada, se despidieron. Rosa no articuló palabra, tuvo mucho temor de que los demás se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo entre los dos.

Pasaron los meses y Rosa se integró totalmente a la vida en la ciudad. No hacía sino recordarlo. Una mañana, yendo en autobús para su trabajo, se encontró con uno de los aldeanos y no pudo evitar preguntar por los queridos amigos. Le contaron que, al poco tiempo de salir ellas de la aldea, llegó un destacamento de soldados que buscaba guerrilleros. Al no encontrarlos allí ni conseguir que nadie los delatara, pensando que todos eran traidores, mató a muchos de los hombres del lugar; sólo él y otro anciano corrieron con suerte y quedaron vivos... Mientras Rosa escuchaba sentía que el alma abandonaba su cuerpo y cada vez se hacía más y más pequeña frente a sí misma; el dolor la atravesó totalmente mientras intentaba no escuchar: "¡...también Segundo se murió, seño...!"

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