jueves, julio 08, 2004

Contando...

Uno
Una chica que, teniendo apenas dos años de vida matrimonial, sufre de violencia doméstica. El caso se remonta a muchos años atrás, cuando su padre hacía vivir un infierno -literalmente- a su madre y hermanos. Ahora la chica está repitiendo la experiencia, con el agregado de ser ella misma violenta. Los vecinos y amigos cercanos conocen la situación que, muy frecuentemente, los despierta por las madrugadas entre portazos, gritos y chillidos.

Dos
El semáforo cambia a rojo. Como de la nada, casi brotando del asfalto, aparecen 4 ó 5 niños que pueden tener entre 4 y 7 años. Ellas con el cabello sucio y despeinado, ellos pelados casi al rape. Cada cual desempeña su papel: uno hace malabares con tres naranjas, el otro tiene pintada la cara de payaso y hace algunos pases "de magia"; uno más se esfuerza por lograr algunos pasos de baile y otro más corre de carro en carro, tratando de limpiar los parabrisas. En esta esquina no hay escupefuegos todavía, todos son muy chicos. Muy pocas personas abren su ventana para darles alguna moneda, casi todos miran fijamente al frente, pretendiendo que estos niños no son, no están, no existen.

Tres
En los periódicos aparecen diariamente los casos de asaltos, violaciones, robos, asesinatos. Se recorre con rapidez cada nota y se busca el nombre de las víctimas, para saber si fue algún amigo o conocido. Cuando se localiza, se salta de una página a otra, sin detenernos a analizar lo que en realidad está sucediendo.

Y podría seguir enumerando, cuatro, cinco...

Estos casos pueden ser posibles en casi cualquier ciudad de América Latina, pero resulta que se dan en mi ciudad, en Guatemala. Y me sorprende ver cómo la asiduidad de ellos nos ha ido transformando en seres indiferentes a la violencia, a la pobreza, a la tristeza, al desamparo. De qué manera un rostro infantil dejó de provocarnos ternura para no provocarnos nada, en el menos malo de los casos, porque muy probablemente nos molesta ver a "los niños de la calle" que se nos acercan para pedir...

En qué momento perdimos la sensibilidad y las malas, terribles y violentas noticias de los diarios no nos conmueven, no nos asustan, no nos impelen a actuar, a buscar, a exigir que las cosas cambien.

Y de qué manera volvemos el rostro cuando la violencia anda cerca, probablemente en nuestro vecindario, en casa de nuestros amigos, tal vez en nuestra misma familia, pero por comodidad, por "evitarnos dificultades" nos callamos la boca, "nos hacemos los locos", y acá no pasó nada... hasta que lo que empezó por peleas domésticas termina en asesinatos violentos.

Para cambiar al mundo, primero deberemos cambiar nosotros mismos, hacia adentro, hacia nuestras conciencias y mentes. Nadie debería soportar hambre, violencia de ningún tipo, muerte por ninguna circunstancia a no ser la natural. Pero nos hemos convertido en piedra cuando lo que sucede no nos afecta a nosotros mismos directamente, y pareciera que nada nos mueve el piso.

¿Hasta cuándo?

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